Lunes, Agosto 30th, 2010...8:21
Capítulo XXI: El desenlace
El móvil de Mónica sonó y sonó hasta que saltó el contestador. No tenía fuerzas ni ganas de hablar con nadie. Se sentía agotada y triste. La imagen del cuerpo ensangrentado de Lola sobre la tumba de Ana de Villafranca no se le iba de la cabeza. Pobre Lola, pensó, mientras las lágrimas volvían a aflorar y se deslizaban sobre su rostro, aquel que acariciaba la joven periodista días antes de su muerte haciéndola sentir cosas que nunca antes había sentido…
Apagó el ordenador, en el que no paraban de cargarse informaciones sobre su busca y captura, y caminó hacia la habitación con una sola idea: dormir y no pensar en nada. Estaba en el apartamento de Fredy, el piso de un compañero de la facultad que le había dejado las llaves hacía un par de semanas para que le regara las plantas. Vivía apenas a tres manzanas de su casa y él permanecería todavía tres meses en la República Checa, en un intercambio de becas. Era un buen sitio para esconderse. Nadie la había visto llegar, tenía acceso libre, pero… tampoco podría permanecer allí de forma indefinida.
Ring, ring, ring…. El teléfono despertó a Mónica de un sueño en el que se hubiese quedado eternamente. Sobresaltada, se incorporó de la cama con palpitaciones y dificultades para respirar. Se había dormido profundamente, pero la cabeza le iba a estallar. Le dolía la nariz. Igual no estaba rota, pero necesitaría unas enormes gafas de sol para disimular el moratón y el derrame en ambos ojos, después del forcejeo con aquel malnacido.
Poco a poco se fue calmando. Una ducha con agua casi fría, analgésicos, una taza de café muy cargado y las ideas fueron apareciendo. La buscaban por asesinato. Su cara estaba en todas partes y el maldito libro había sido el desencadenante de todo. Necesitaba ayuda, pero ¿en quién podía confiar? Miró su teléfono móvil y descubrió nueve llamadas perdidas; la última fue la que la despertó. Escuchó los mensajes: su familia, una amiga de la que hacía tiempo no sabía nada, otra vez su familia, de nuevo su madre con voz asustada porque había visto a su hija en una foto en el telediario…
—No puede ser. Tengo que salir de aquí. Tengo que buscar ayuda —dijo, intentando convencerse para superar el miedo que la atenazaba.
Encontró un pañuelo en el armario de Fredy que le serviría para taparse un poco la cabeza y el rostro. Se puso sus gafas de sol, aunque no eran tan grandes como para ocultar el enorme hematoma de la cara y los ojos. Pero no había más. Se armó de valor y fue a buscar a Niki, al que había aparcado tres manzanas atrás para no levantar sospechas en caso de que la policía buscara el coche con el que llegaron al maldito cementerio, aquel maldito lugar que había cambiado su vida para siempre. Se metió en el coche, arrancó y se dirigió hacia el único lugar donde se le ocurrió que alguien podría escucharla antes de llamar a la policía, o al menos interesarse por lo que había sucedido en los últimos días: la redacción de Madridiario.
Necesitó dos vueltas a la manzana para que un coche saliera justo a escasos metros del portal del periódico digital. Mónica no quería andar por la calle por miedo a que la reconocieran. Aparcó, sacó las llaves del contacto y, cuando estaba calculando lo que tardaría en acceder al portal desde el coche, justo en ese momento, sus ojos se abrieron como platos. Aquella figura, aquel hombre que se hallaba a escasos treinta metros de ella, era el mismo malnacido que las abordó en el cementerio, que les quitó el dichoso libro y… —se le escapó una lágrima cuando lo pensó— que había asesinado a Lola a sangre fría.
Las piernas empezaron a temblarle. Todavía dentro del coche, con las llaves en la mano, intentó meterlas en el contacto cuando vio que el hombre de la gabardina y las gafas de sol de aviador se introducía en un coche estacionado en doble fila. Bajo el brazo llevaba un grueso paquete envuelto en un sobre marrón. Al final Mónica arrancó, consiguió sacar a Niki del estacionamiento en batería y, aún temblorosa, se colocó a una distancia prudencial para ver sin ser vista.
No fueron más de cinco minutos conduciendo por las calles de aquel barrio elegante de Madrid. Después, como siempre, todo se precipitó. El hombre de la gabardina había parado en doble fila el coche oscuro que conducía; se había bajado sin preocupación alguna, sujetando con fuerza el gran sobre marrón bajo el brazo. Mónica estaba a unos cien metros, en la acera opuesta y con el coche en marcha. Entonces aceleró.
El golpe sonó duro y seco a la vez. Ni siquiera hubo frenazo. Él había salido por los aires despedido a unos cincuenta metros del lugar donde se había agachado a recoger las llaves que se le habían caído. Fue entonces cuando el Citröen 2CV lo embistió violentamente. Mónica nunca supo el porqué de esa reacción. Simplemente pasó: él cruzaba, se agachó a por algo que se le había caído y entonces ella sintió la necesidad de acelerar a fondo el coche. Apenas le dio tiempo a levantar la vista, con las gafas de sol sobre la nariz y la cara más que magullada. Justo después vino el golpe, y el vuelo acrobático hasta la acera de enfrente. Entre medias, una calle, un coche muy abollado, con un faro destrozado… y un grueso sobre marrón sobre el asfalto.
Mónica bajó del coche. Ya no le temblaban las piernas. Todo estaba pasando muy deprisa. No sabía por qué, pero le había atropellado. En apenas un segundo miró el cuerpo retorcido a unos metros, a los tres curiosos y a las dos mujeres con las manos en la cabeza; le pareció ver incluso a alguien que sacaba un teléfono móvil del bolsillo para llamar. La reacción fue inmediata; se abalanzó hacia el sobre marrón que aún estaba junto a la acera, en el asfalto. Pesaba. Sabía lo que era. No podía ser otra cosa. Por si acaso, lo abrió, y descubrió una pequeña pistola pegada con adhesivo en el interior del sobre, accesible en cualquier emergencia. La despegó y se la guardó en la chaqueta.
Echó a correr en dirección opuesta a la escena anterior y fue entonces cuando se percató: estaba al lado de la comisaría. Dos agentes salían en ese momento corriendo al haber oído el estruendo y los gritos, lo que aprovechó Mónica para acceder al interior y acercarse hasta el primer mostrador, donde un agente la miró desconfiado.
—Guarde esto. Tiene mucho más valor del que se imagina. Ha muerto mucha gente por él.
Fueron las únicas palabras que acertó a pronunciar Mónica con una expresión casi inerte. El agente de policía, inquieto y aún más desconfiado, le pidió que se identificara de inmediato; pero ella dio media vuelta y salió precipitadamente hacia la puerta. La luz la cegó al alcanzar la calle; notó el aire fresco al doblar la esquina en dirección opuesta a donde había dejado el coche y a aquel hombre atropellado violentamente. No pudo evitar mirar fugazmente hacia la acera donde debía estar el tirado el cuerpo con gabardina, pero allí no vio a nadie. Sólo distinguió a la pareja de policías junto al coche, que aún tenía la puerta abierta.
Empezó a correr mientras oía los gritos de aquel policía tras el mostrador que le había pedido que se identificara. Entonces, los “¡Alto, policía!” se multiplicaron. Estaba rodeada. “Yo la conozco. Es la chica a la que buscan por el asesinato de Lola Carrere”, dijo un agente a otro. El cerco se fue estrechando. Mónica rebuscó en sus bolsillos, desoyendo las órdenes de los policías, y disparó sin saber muy bien a qué, una, dos veces. Sintió un golpe seco en el esternón y la oscuridad se cernió sobre ella antes de que tuviera tiempo de desalojar la tercera bala.


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