Jueves, Agosto 26th, 2010...8:09

Capítulo XIX: Dar el paso

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—Gracias por encontrar mi libro, amigas mías —dijo una voz grave con metálica melodía.

Lola y Mónica se dieron la vuelta temblorosas. La tensión que las había llenado de valor por la mañana y la sensación de triunfo al encontrar el libro les había descargado las pilas. La periodista abrazó el volumen con los dos brazos.

Ante ellas se encontraba un hombre alto de unos cuarenta años. Tenía el semblante adusto. Una nariz pronunciada sujetaba unas gafas de sol de aviador con las lentes verde oliva. Tenía la frente despejada y las cejas pronunciadas, creando un arco muy cerrado. Su pelo era frondoso, salpicado de canas y peinado sin complicaciones. La barba, bien recortada, suavizaba unas facciones duras y cuadradas. Sus labios, carnosos, escondían una sonrisa blanquísima y un diente de oro. Sobre el cuerpo, alto y atlético, vestía gabardina, chaqueta y pantalones de pana. Lola recordaba muy bien aquellos zapatos… los más brillantes que había visto en su vida.

Nunca se le había ocurrido pensar en él de aquella manera, pero si no hubiese sido por la situación, probablemente, ese hombre tenía aspecto de ser uno de esos profesores de facultad con los que no le hubiese importado tener algo más que palabras.

—Yo no soy tu amiga, idiota. ¿Qué demonios quieres? —respondió Mónica, exasperada.
—Ya te lo he dicho, pequeña Mónica. Quiero que me deis mi libro —dijo el individuo avanzando una mano enguantada hacia Lola. La miraba, por primera vez en mucho tiempo, con una media sonrisa y unos ojos amables.

El viento silbó y el sol, ya en retirada, se oscureció tras una nube inoportuna. Lola pensó que era su alma la que se adentraba entre las sombras.

—¿Qué haces aquí, si puede saberse? —preguntó mientras daba un paso atrás.
—Sabes que es mejor para ti que no te importe. Dame el libro.
—Nnnn… nnnn… nnnno —balbuceó la periodista.
—He sido muy comprensivo con vosotras durante todo este tiempo, pero ya ha terminado la hora de jugar a las periodistas intrépidas. Dame el libro. No puedes ni imaginar el valor que tiene. —Rebuscó en su gabardina y sacó una pistola con un tubo silenciador. Comenzó a llover.

Lola sintió que sus piernas no le sostenían. El estómago le dio un vuelco. Nunca había visto usar una pistola de verdad, y con el objetivo apuntando hacia ella.

—No.
—¡Dame el maldito libro! —gritó el hombre. Su semblante cambió hasta convertirse en una mueca bestial. Las mandíbulas se contrajeron y unas venas se le marcaron en el cuello y la frente.

Lola reculó de nuevo. Resbaló y cayó al suelo. El libro salió volando entre las lápidas un poco más allá. El hombre apuntó a la periodista. De repente, Mónica saltó sobre el individuo y comenzó a forcejear con él.

—¡Corre, Lola! ¡Corre! —dijo Mónica.

Lola se quedó petrificada. Tenía que elegir entre ayudar a la amiga que la había salvado en los peores momentos y acompañado en lo más arduo de su investigación, o recuperar el libro. Ese libro que había costado tantas vidas. Si hacía lo primero, quizás pudiesen salir de allí con vida. Si hacía lo segundo, todo su esfuerzo y el valor de Mónica servirían para algo: que ese hombre no se saliese con la suya. Tenía que elegir, y rápido.

Mónica hirió al hombre en el ojo con las uñas. La sangre comenzó a brotar. Este le golpeó con la culata de la pistola en la cara hasta tres veces. La universitaria sintió cómo su nariz se rompía y la vista se llenaba de nubes rojas. Cayó sin sentido sobre la lápida de la amada de Cervantes. Cuando el desconocido volvió la vista, Lola había desaparecido.

—Muy bien, zorra. ¿Quieres jugar? Pues jugaremos.

Comenzó a andar entre las lápidas, ansioso. Fila a fila contemplaba el escenario mohoso y gris del antiguo camposanto sin éxito. La oscuridad y la lluvia, que habían ganado intensidad, no le ayudaban. Lola tenía que estar allí, en algún resquicio.

—Lola… ¿Qué crees, que esto es una novela o una película? Soy el que gana. Soy alguien en cuyo camino has cometido el error de cruzarte. Me has hecho perder un montón de tiempo para disfrutar del tesoro más importante de la literatura. Tú no entiendes su importancia y la pasta que se puede sacar por él. Aquilino y Eugenio, incluso Luis Álvarez de Tejada, sabían su valor. Tú no. Tú sólo lo mides como la exclusiva de tu vida. Sólo como un éxito en tu trabajo. Sólo buscas la gloria y el respeto. Y para eso has dejado que muera tu amiga. No eres mucho mejor que yo.

A escasos metros se levantó una figura empapada. Lola, repleta de barro, agarraba algo rectangular bajo su camiseta. Comenzó a andar hacia el hombre, que la apuntaba con el cañón del arma.

—Yo no soy como tú. Yo no mataría por una exclusiva. —Las lágrimas se mezclaban con la lluvia que corría por su rostro.
—Sí que lo harías. Has amenazado de muerte a un hombre para conseguir ese libro.
—No le hice nada. Fue para conseguir el libro antes que tú.
—Terminé ese trabajo. Eugenio no era de fiar. La única diferencia entre tú y yo es que aún no has dado el paso para conseguir lo que quieres a cualquier precio. Pero estás camino de hacerlo.
—Te equivocas. Ya he dado ese paso —dijo Lola. De su camiseta sacó un trozo rectangular de piedra que estrelló contra la cara del sujeto.

El golpe proyectó al pistolero contra una lápida. De una tremenda herida brotaban chorros de sangre de su cara. Su grito se fundió con un relámpago y cayó al suelo inerte. Lola estaba inmóvil. Se le habían acabado los recursos. Sus músculos estaban doloridos por la tensión y su mente se había roto en mil pedazos tras la muerte de Mónica. Pensaba que así acabaría todo. Ella en la cárcel; el libro, a salvo; y el asesino, en la tumba. Soltó la piedra, cogió el libro y fue a ver el cuerpo de su pareja. Junto a él estaba su bolso. Buscó el móvil y llamó.

—¿Policía? He cometido un asesinato y quiero entregarme. Estoy en el viejo cementerio municipal de Alcalá de Henares.

Colgó y vio la cara destrozada de Mónica. Apenas veinte minutos antes la había contemplado en todo su esplendor. No lloró. No le quedaban lágrimas.

Algo sonó a su espalda. Cuando se giró vio a su enemigo apuntándole con el rostro desfigurado por el dolor y las heridas. El percutor de la pistola sonó hasta en tres ocasiones. Dos tiros le impactaron en el pecho y uno en el cuello. La vida se le fue apretando la mano de su amada.



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