Martes, Agosto 24th, 2010...8:11

Capítulo XVII: El tesoro de Cervantes

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Media hora más tarde de la impactante noticia, Lola y Mónica aún no podían creer lo que habían escuchado. Toda la decisión y coraje con la que habían amanecido dispuestas a resolver el embrollo en el que se habían metido se había desvanecido. Una vez en Alcalá, las dos mujeres tuvieron que sentarse a tomar una tila para calmar los nervios y pensar cuál sería su siguiente paso.

—No me puedo creer que esté muerto… —susurró Lola.
—Ni yo. Y pensar que hace apenas una hora estábamos con él…
—Pero ¿cómo? —Lola seguía inmersa en sus pensamientos, intentando razonar en voz alta sin comprender qué estaba ocurriendo a su alrededor.

Un largo silencio envolvió a ambas. Mónica tomó la iniciativa y se levantó de un salto.

—Tenemos que acabar con esto. Cada vez hay más muertes y tengo la sensación de que como no encontremos rápido ese dichoso libro las siguientes seremos nosotras.

Al escuchar las palabras de su amiga Lola salió de su ensimismamiento. Un miedo la había invadido por dentro con tanta fuerza como nunca le había sucedido, pero no podía quedarse quieta mirando y esperando su suerte.

—Tienes razón. En marcha. Al cementerio, ¿no?
—Sí — afirmó Mónica—. Eugenio Calvo dijo que la amante de Cervantes fue enterrada aquí, así que la mejor opción es ir al viejo cementerio municipal, donde están las tumbas antiguas. Los otros cementerios son demasiado modernos.

Ya eran las 16.00 cuando la pareja llegó al cementerio. Mónica sintió un escalofrío al pasar la puerta metálica que abría el camino de entrada al recinto. Intentando no pensar, siguió los pasos de su amiga acercándose tanto como pudo a ella, llegando incluso a hacer que tropezara. Lola la tomó de la mano y la acarició suavemente, para hacerla sentir un poco más segura.

—Lo más fácil será que intentemos acceder a los archivos del cementerio para localizar la tumba lo más rápido posible —apuntó Lola—. Eso si hay archivos de esa época y si la tumba sigue aquí, claro.
—Esta vez creo que estamos por buen camino. Si no, Eugenio Calvo seguiría vivo, ¿no crees?
—Sí, puede que tengas razón. ¡Mira! Ahí esta el archivo del cementerio. A ver si hay alguien.

Al entrar se encontraron con un hombre entrado en años y muy delgado. Su piel arrugada llamaba la atención al primer vistazo y su cara afilada hizo pensar a las chicas que la profesión a la que se dedicaba le venía al pelo.
El hombre se colocó las gafas al percatarse de la presencia de las dos mujeres. Lola se acercó al mostrador sin saber muy bien cómo abordar a aquel hombre para que les diera la información que necesitaban sin que las mandara al carajo.

—Buenas tardes.
—Buenas tardes —añadió el hombre con una voz suave.
—Verá, me llamo Verónica y estoy haciendo un trabajo de documentación sobre mi familia —improvisó Lola sin saber a dónde le iba a llevar su historia y pensando para sí que lo de inventarse personajes se estaba convirtiendo en algo demasiado frecuente últimamente—. Mi  árbol genealógico me ha llevado hasta aquí y necesito confirmar una fecha de defunción y encontrar la tumba de una de mis antepasadas. Me preguntaba si usted podría ayudarme a encontrar esos datos.

El hombre se la quedó mirando algo sorprendido, ya que no era habitual este tipo de visitas en el cementerio. Desde que había comenzado a trabajar allí hacía ya 40 años, los días pasaban sin más y las únicas visitas que recibía eran de familiares desconsolados que habían perdido a sus seres queridos… y las de los sepultureros. Tras pensar unos instantes, accedió a ayudar a la joven a encontrar a su antepasada.
Después de un par de horas buscando en los archivos, el listado de fallecidos llegó a su fin sin que apareciera rastro alguno de Ana de Villafranca. Los últimos documentos que encontraron databan de principios del siglo XVIII, un siglo después de la muerte de la mujer.

—Aquí ya no hay más documentos. Los archivos de años anteriores se perdieron en un incendio—aseguró el hombrecillo ante la decepción de las chicas—. Pero puedo indicarle la zona donde se encuentran las tumbas más antiguas para ver si su antepasada se encuentra entre ellas.
—Eso sería estupendo —contestó Mónica.

El hombre las acercó en un coche viejo hasta una pequeña ladera, donde les aseguró que estaban las tumbas más antiguas del cementerio. Allí, Lola y Mónica comenzaron a mirar una por una todas las lápidas.
Cuando ya empezaba a anochecer, las dos amigas habían perdido ya toda esperanza de encontrar lo que buscaban. Pese a que habían encontrado las tumbas que databan de la época de Ana Villafranca, la lápida de la mujer no estaba entre ellas. Mónica se sentó desolada en un bordillo. La desesperación empezaba a apoderarse de ella al verse de nuevo en un callejón sin salida. Lola se acercó a ella con intención de arroparla, cuando tropezó y cayó de bruces al suelo. Fue entonces cuando, al mirar al suelo, la joven esbozó la sonrisa más radiante de los últimos días, ante la mirada atónita de su compañera.



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