Viernes, Agosto 20th, 2010...8:20

Capítulo XV: El amor, siempre el amor

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Aparcaron el coche a escasos metros del portal de la casa de Mónica. El gran Niki se había portado de maravilla, como siempre. Es un ‘incombustible’, pensó Lola. Pero al llegar a casa estaban exhaustas tras los 200 kilómetros de vuelta, y tampoco se les había olvidado el tremendo enfado, la rabia y hasta la ira que les produjo el viaje inútil al que les había enviado Eugenio Calvo. “Nos ha dado una pista falsa; algo sabe de esta historia y nos quiere alejar”, habían comentado durante el viaje. “Mañana sin falta iremos a por él; tiene mucho que explicarnos”.

Abrir la puerta fue como una liberación. Después de todo lo ocurrido durante el día, entrar en casa de Mónica, en su territorio, las hacía sentirse de nuevo seguras y listas para la búsqueda. Eso sí, antes había que descansar. Mónica preguntó a Lola si quería comer algo. No habían parado durante el viaje y su estómago rugía. Pero Lola prefería meterse en la cama. Se acercó a Mónica, la besó fugazmente y sin mediar palabra se dirigió hacia la habitación con el único propósito de cerrar los ojos y olvidarse de todo hasta el día siguiente, aunque para eso solo faltaba ya un par de horas. Mónica picoteó algo de lo poco que quedaba en su nevera, un par de cervezas, un poco de queso y un estofado metido en una fiambrera que podía llevar ahí dos semanas. Mejor no abrirlo, pensó, si quiero seguir viva para resolver este lío, y cerró la nevera. Con paso lento y cansado, se dirigió a la habitación. Cuando llegó, Lola respiraba profundamente y ni siquiera se movió cuando la ayudante se metió con sigilo entre las sábanas para no despertarla. La abrazó y sus ojos se cerraron de inmediato.

Eugenio Calvo ni se imaginaba lo que se le venía encima. Nervioso por lo infructuoso de la búsqueda del día anterior y apremiado por la voz ronca, que cada vez le exigía más resultados, solo se le ocurrió un sitio donde seguir buscando alguna referencia al “bien más preciado de Cervantes”. Lo de la búsqueda del anillo, además, solo había sido una zancadilla más para la periodista y su amiga, porque ya estarían de vuelta de su viaje vallisoletano. El anillo nunca se encontró, nunca se entregó a nadie, a ninguna institución. El documento que les había mostrado había sido hábilmente manipulado para dar a entender lo que no era y, sobre todo, para dar a Eugenio tiempo suficiente en la búsqueda de ese “bien más preciado”. El edificio donde las había abordado y desde el que las había enviado a Valladolid estaba prácticamente en ruinas. Tardó poco en recorrer lo que estaba en pie y en revolverlo con avidez en busca de algún indicio de un anillo, de un mueble que guardara algo, de alguna pista que indicara que allí hubo algo de Cervantes… pero a los diez minutos se dio cuenta que era una estupidez. El edificio donde se había colado hacía casi 200 años el tal Promontorio nada tenía que ver con el actual. Este había sido casa ‘okupa’, había sufrido algún que otro incendio e incluso derrumbes parciales. Encontrar alguna referencia cervantina allí parecía más que imposible.

Se derrumbó. De repente lo de encontrar un antiguo anillo parecía más que una locura. Ahora debía dar nuevas explicaciones telefónicas a un tipo que no tenía escrúpulos, a un embrollo que se complicaba y que arrastraba ya dos muertos, y a una periodista y su amiga más que enfadadas que le pedirían —seguro— explicaciones. No había pistas, no había anillo, no había nada… Solo se le ocurría recurrir a un sitio al que se juró no volver: el despacho de su difunto amigo Luis Álvarez de Tejada.

Apenas se filtraron los primeros rayos de sol por la persiana del dormitorio, Lola abrió los ojos. Se encontraba cansada pero despierta. El sueño había sido reparador, pero el cerebro también había estado funcionando durante la noche. Seguía pensando en el anillo, en una historia increíble que se complicaba, en cómo habían desaparecido ya dos personas, en cómo había peligrado su vida… pero también se veía con fuerzas renovadas para seguir con la búsqueda, por ejemplo, en aquella casa donde las abordó Eugenio Calvo para engañarlas con el infructuoso viaje a Valladolid. A su lado, todavía dormida y con una cara angelical, aquella chica casi desconocida para ella, que le había hecho sentir cosas increíbles. Una mujer que le hacía sentirse bien, que le daba paz, que tenía algo especial y a la que no le importaba seguir abrazada muchas mañanas más, cuando despertara. Se levantó con cuidado y se fue directa a la ducha. Cinco minutos después apareció en el baño Mónica, abrió la mampara y no pidió permiso para meterse con ella en la ducha. Al fin y al cabo, esa era su casa.

Con el café en la mesa de la cocina volvieron los planes y el enfado por lo ocurrido el día anterior. Lola cogió su móvil y llamó hasta en tres ocasiones al teléfono del despacho del presidente del Centro Nacional de Estudios Cervantinos, el ínclito Eugenio Calvo. Nadie contestó, ni siquiera su secretaria. A la cuarta, desde centralita le indicaron que el señor Calvo llevaba tres días sin aparecer por el despacho, que su secretaria estaba de vacaciones y que nadie tenía noticias de él. Habría que buscarle por otro lado, o dejarlo para más adelante.

Mónica tomaba el café sólo y sin azúcar, lo que contrastaba con ese rostro angelical que dormía plácidamente apenas una hora antes. Después del último sorbo, miró por la ventana, se levantó y mientras dejaba la taza junto al resto de platos sucios, dijo:

—¿De verdad crees que podremos encontrar un anillo de plata en un edificio que seguro ha tenido un montón de inquilinos desde hace más de 200 años, que habrá sufrido reformas, o incluso incendios? ¿Y si nos estamos equivocando?
—Vale, bien. Pero te recuerdo que es lo único que tenemos. Hasta allí nos ha llevado Promontorio. Allí lo buscaba él.
—Sí, ya sé. Pero… si hubiese estado el anillo, ¿crees que después de 200 años seguirá allí?
—¿Y qué propones?
—Lo primero es que Eugenio Calvo nos dé explicaciones. Y mientras damos con él… podemos buscar algo más en el despacho de Luis, por mucho que me duela entrar allí de nuevo. Seguro que nos hemos dejado algo, salí corriendo con los libros y las biografías la última vez. Algo se nos ha escapado o hemos pasado por alto. No me apetecía nada estar allí, y además recuerda que me salté el precinto policial.

Mónica no dejaba de sorprender a Lola. Decidida, audaz, lista, con temperamento… Y tenía razón. Había que buscar algo más, porque lo del anillo parecía complicado. “Me termino el té y salimos para allá”, dijo Lola.

Eugenio Calvo estaba desesperado. No encontraba nada. Faltaban las biografías, los libros de referencia al Quijote y a Cervantes; no había donde buscar y, por supuesto, tampoco pistas. Había tenido que pedir la llave del despacho de Luis en la conserjería, una vez levantado el precinto policial, convenciendo a un conserje de avanzada edad y con muy pocas ganas de trabajar, de que tenía en ese despacho documentos importantes. Incluso tuvo que tirar de su cargo para convencer finalmente al funcionario. Pero allí no había ni siquiera un pequeño hilo del que tirar.

Se sentó en el sillón del que había sido su amigo. Se cubrió la cara y entonces fue consciente de que todo aquello se le había ido de las manos. No tenía forma alguna de parar la rueda que estaba en marcha y las consecuencias podían ser cada vez peores. Su amigo había muerto, algo con lo que él no contaba cuando este le llamó emocionado para contarle lo del papel manuscrito que le había enseñado aquella periodista. Él sólo tenía que decirle que el papel era falso y que se olvidara del asunto. Aquel manuscrito que decía: “… cerca de su bien más preciado hállase oculta la tercera parte por él escrita de…” Entonces a Eugenio, por primera vez en los últimos días, se le iluminó la cara. Cerca de su bien más preciado, cerca de su bien más preciado… “¿Y si para Cervantes su bien más preciado no era un objeto?”, dijo en voz alta. “¡Claro, no es el anillo! Se trata de…”

—¿De qué diablos se trata? —dijo una voz en un tono poco conciliador.

Eugenio, sobresaltado, miró la puerta del despacho que se había abierto sin que él se hubiera percatado y donde apenas podía distinguir dos figuras que la luz del ventanal aún no alcanzaba.

—He dicho que de qué se trata… termina la frase de una maldita vez, que bastante tiempo nos has hecho perder ya.

Reconoció la voz. Lola, la periodista, era la que hablaba. Detrás vio a la amiga, la ayudante de Luis. Y no parecían amistosas, precisamente. Lola se mostraba muy agresiva. Se acercó a la mesa, apoyó ambas manos en el escritorio y, mirando fijamente a Eugenio, dijo:

—Nos debes una explicación y… termina la frase, joder.
—No, no, no sé qué deciros. Estoy tan aturdido como vosotras.
—¡Y una mierda! —saltó Mónica—. Tú nos mandaste a Valladolid sabiendo que no encontraríamos nada.
—Eeeeso no es cierto. Yo solo quería quitaros de en medio porque esto se está complicando y puede resultar peligroso.
—¡Ya es peligroso! Han intentado matarme, estoy cansada de que nos tomen por estúpidas, que nos engañen, que nos manipulen, y que tú no digas la verdad.
—Además, Luis era tu amigo —añadió Mónica.

Eugenio balbuceaba, no acertaba con las palabras, estaba nervioso y además era consciente de que no podía seguir engañándolas.

—No, no, no os imagináis hasta dónde llega esto. Si realmente existe la tercera parte de ‘El Quijote’, muchos se echarán a temblar, y otros se frotan ya las manos por lo que podría suponer económicamente; es el mayor descubrimiento de la literatura y casi de la historia en los últimos siglos. Esto cambia la historia y, y, y, y vosotras en medio. Una periodista y una ayudante de universidad. No sabéis dónde estáis.

Fue entonces cuando Lola perdió los nervios, cuando aparecieron toda la rabia y la tensión que llevaba acumuladas dentro. Cogió el grueso cenicero de cristal que estaba sobre la mesa y con un rápido movimiento lo estampó contra el escritorio, justo delante del pecho del presidente del Centro Nacional de Estudios Cervantinos. Los mil añicos en los que estalló del golpe impactaron contra el cuerpo y la cara de Eugenio. Entonces Lola rodeó la mesa, cogió el abrecartas que estaba junto a unos sobres y lo colocó, amenazadora, sobre la garganta de un aterrorizado Eugenio Calvo.

Solo diez minutos después, Lola y Mónica estaban en el interior de Niki, todavía en el parking de la universidad. Lola temblaba y no era capaz de meter la llave en el contacto. Aún no entendía cómo había sido capaz de amenazar a aquel hombre con un estilete abrecartas. Fue Mónica quien, medio alucinada y medio maravillada por lo que había hecho su compañera, decidió quitarle las llaves de las manos, hacerla bajar del coche y obligarla a sentarse en el asiento del copiloto para arrancar ella el Clio y salir disparadas rumbo a Alcalá de Henares.

Eugenio Calvo se había derrumbado en el despacho. Lloró, tembló, pidió clemencia… y comenzó a explicarles todo lo que había estado pensando. Reconoció que a su juicio el papel manuscrito era más que verdadero, que lo del anillo no parecía una buena idea y que empezaba a pensar que el “bien más preciado” de Cervantes no era un objeto. Entonces Mónica empezó a comprender lo que se abría ante sus ojos. Recordó que muchos investigadores habían reflejado en sus trabajos lo del ‘verdadero amor de Cervantes’: una mujer, su amante, con la que había tenido descendencia. La misma descendencia que habían seguido para llegar hasta Promontorio, hasta aquella casa en la calle del León… pero una descendencia que se perdía en 1835. Tal vez había que buscar ahí, en ese amor, en lo más preciado para Cervantes, en el lugar donde se perdía todo…, ¿en el cementerio?

Fue Eugenio quien les dio la última clave antes de ponerse a llorar como un niño y derrumbarse definitivamente sobre el escritorio del despacho. Resultaba extraño para los investigadores el hecho de que casi todas las biografías de Cervantes recogieran que el escritor, durante los últimos años de su vida, visitó frecuentemente  la ciudad de Alcalá de Henares. Y que lo hizo de forma casi anónima en numerosas ocasiones. Era cierto que una de sus hermanas permanecía en un convento de clausura de la ciudad complutense; pero, por eso mismo, no le estaba permitido el contacto con el exterior ni los paseos con su hermano en aquellas visitas. Sin embargo algunos cronistas de la época hablaban de los paseos de Cervantes con una mujer por las calles alcalaínas.

Había algo más, o alguien más, que hacía que don Miguel de Cervantes, con cierta regularidad, acudiera a la ciudad donde nació y donde apenas pasó diez años de su infancia. Durante aquellos años, aparecía más apegado que nunca a esa ciudad, parecía que allí había algo —o alguien— muy apreciado por él.

Aún no habían salido del complejo universitario cuando sonó el teléfono de Lola. Era Carlos, el redactor jefe de Madridiario. Mónica casi podía escuchar las voces mientras conducía.

—Esto es muy gordo, Carlos, te lo juro. Sí, sí, estoy nerviosa. Ya sé que no tienes noticias mías, pero de veras, hazme caso, estamos cerca, muy cerca. Esto es muy serio. Voy camino de Alcalá de Henares otra vez. Acabamos de tener un encuentro más que interesante con Eugenio Calvo, el del Centro de Estudios Cervantinos. Creo que tenemos la pista definitiva. ¿Carlos, Carlos…? Joder… —se cortó—. Tengo que cambiar de móvil.
—¿Estás más tranquila? —preguntó Mónica.
—Sí. Creo que sí.
—Pues tienes que explicarme algunas cosas sobre esa forma de sacar información que tienes.
—Anda…, acelera con cuidado mi coche.



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