Miércoles, Agosto 18th, 2010...8:23
Capítulo XIII. El loco
Hilos de humo ascendían, serpenteantes, desde los cigarrillos que fumaban Lola y Mónica. Aún desnudas, habían fundido sus cuerpos hasta quedar extenuadas. La primera experiencia lésbica de la periodista había sido sorprendente y deliciosa. Casi había olvidado qué la había conducido hasta allí, pero su actual compañera de fatigas se preocupó de sacarla de su ensueño.
—Hay que ponerse a trabajar. Los malos no hacen este tipo de descansos.
La periodista se sorprendió al ver que su aventura había pasado del calor al frío en apenas un minuto. No había llegado a incorporarse para buscar su ropa interior cuando su compañera ya rebuscaba entre los papeles de su mochila. Sacó un sobre con fotocopias. Tenían el aspecto de fichas antiguas escritas a mano con un estilo muy académico.
—¿Qué es esto? —dijo Lola, incrédula.
— Es toda la relación familiar que he podido encontrar entre Cervantes y Promontorio —respondió Mónica.
— ¿Y de dónde has sacado esto?
— Del Archivo Diocesano y de los registros de algunas iglesias del distrito de Centro. Decidí ir allí después de ver que los libros del profesor Álvarez de Tejada estaban documentados en los fondos de estos dos lugares. Eran lo único que podía considerarse un censo en condiciones en aquella época. Me ha costado reconstruir el vínculo entre ambos personajes. Ya sabes, la desamortización de Mendizábal, los incendios y la Guerra Civil hicieron estragos en los archivos de la Iglesia española. Hasta ahora, sé que Promontorio nació el 5 de abril de 1762 y fue bautizado en la iglesia de San Sebastián Mártir. Sus padres eran Regino y Tomasa, propietarios de una tienda de cordeles. Fue enterrado en 1835 en una fosa común del cementerio de La Almudena. He investigado por este método a sus ascendientes. Todavía quedan algunas lagunas, como si nuestro hombre es descendiente directo de los amores secretos de Cervantes. Aun así, podemos estar casi seguras de que Promontorio fue familiar del escritor del Quijote.
—Eso no resuelve el problema.
—No, pero nos abre un nuevo camino. Todos los descendientes de Cervantes que he encontrado vivieron en el centro de Madrid, lo que reduce mucho el círculo de búsqueda. Si se encargaban de preservar el secreto de su abuelo, no se separarían mucho del objeto en cuestión.
—O sí. De esta manera, podían desviar la atención de los curiosos.
—Es una posibilidad, pero tenemos que intentarlo. Tenemos que seguir buscando referencias directas. Alguien tiene que haber dejado algún fleco suelto.
—De acuerdo. No perdemos nada. Busca en la biblioteca central. Yo iré a la hemeroteca a ver qué encuentro. Si encuentras cualquier cosa, llámame.
Las dos mujeres se vistieron, desayunaron y salieron en taxi a sus respectivos destinos. Al llegar a la hemeroteca, Lola pidió un puesto para lectura de documentos microfilmados.
Comencemos por Promontorio, pensó.
La empleada municipal le trajo numerosas referencias de gacetas y periódicos españoles de principios del siglo XIX. Los problemas entre los liberales y el rey Fernando VII no ponían la cosa fácil. Los periódicos eran pasquines de uno u otro bando. Los rollos de cinta negra, barnizada y brillante se sucedían uno tras otro. Hasta que… ¡bingo! En un obituario, un tal Promontorio, residente en la calle de las Huertas, había muerto y lo habían enterrado, viudo y sin descendientes, en el lugar y fecha que decían los archivos eclesiásticos. Desde ese punto, Lola se planteó reconstruir la historia hacia atrás, como había hecho Mónica. ¡Bingo otra vez! Unos meses antes, una noticia narraba el gran escándalo ocurrido en una vivienda ruinosa junto a la calle del León. Un anciano conocido como Promontorio se había colado en el inmueble, buscando, según decía, un anillo de plata que pertenecía a su familia desde hace 200 años. Los propietarios llamaron a la guardia, que lo detuvo por intento de robo. Parece ser que el sujeto era un trastornado conocido en el barrio que decía ser descendiente de Miguel de Cervantes. Según los vecinos, lo único que tenía del escritor alcalaíno es que había perdido la chaveta, igual que su personaje más famoso.
Lola buscó la calle del León en Internet. Resultaba que hacía esquina con la calle de Cervantes. De hecho, el origen de su nombre era que don Miguel residió y murió en el número 2 de la misma. Lola se puso la chaqueta mientras activaba el teléfono móvil y marcaba el número de Mónica. Tenía una pista.
— Mónica, creo que lo tengo. Cervantes murió en Madrid en una casa de la calle que lleva su nombre. Promontorio se coló allí para buscar un anillo familiar que era de Cervantes. Creo que ese era el objeto más preciado del escritor.
— Nos vemos allí. Creo que yo también he encontrado algo. Te lo contaré cuando nos veamos —respondió Mónica.
Cuando volvieron encontrarse, se dieron un beso furtivo en la puerta de la casa. En ese momento, paró un taxi ante ellas. Eugenio Calvo, el investigador que había intentado convencer a Lola de que el supuesto mensaje de Cervantes era una tontería, bajó del coche con una cartera bajo el brazo.
—Suponía que me encontraría aquí con vosotras.
—¿Qué hace usted aquí? ¿Nos está siguiendo? —preguntó Lola, nerviosa.
— Sí. Os habéis metido en un bucle peligroso y quiero ayudaros a salir de él.
— ¿Y cómo lo va a hacer? ¿Apuntándose el tanto de nuestra investigación? ¿Mandándonos otro esbirro como el que acabó con Luis, el catedrático? ¿O directamente nos va a disparar aquí, delante de todo el mundo?
— Yo no quería que Luis muriese. Era mi amigo. Es verdad que quiero ver el manuscrito, pero no fui yo el que ordenó que le matasen. Ni a Aquilino tampoco. Estoy metido en un juego del que no puedo salir. No quiero que os pase nada malo. De verdad.
— ¿Por qué tenemos que creerle? —preguntó Lola, repuesta del susto.
— Porque soy el único que os puede dar la clave para llegar a la tercera parte del Quijote.
— Se equivoca. Ya sabemos dónde está el libro.
— Si estáis aquí es que no lo sabéis. Esta no es la casa de Cervantes, aunque estuvo en este mismo lugar. Fue derribada después de un conflicto entre su último propietario, un tal Ruano, con Mesonero Romanos, que quería recuperar el edificio de la ruina para hacer un centro literario. A pesar de que hasta el rey medió en el conflicto, la casa se tiró abajo. Y el anillo con el que lacraba sus cartas Cervantes no está aquí, sino en el almacén de la casa del escritor de Valladolid. Este es el inventario que lo prueba.
Eugenio sacó de su cartera un informe que explicaba la recepción del anillo por parte de la entidad de la ciudad hispalense. Unas fotografías mostraban su aspecto: un águila y una pluma se entrelazaban rodeadas por una corona de letras que rezaba: ‘Cervantes Saavedra’.
— Sabéis que aquí no tenéis nada que hacer. Si la copia estaba aquí, o quedó sepultada y destrozada en las obras de construcción de la nueva vivienda, o bien se la hubiesen llevado y estaría archivada, como el anillo. Probablemente encontréis en Valladolid la respuesta a vuestras preguntas.
— ¿Y por qué no va usted?
— Porque no quiero que un asesino consiga el manuscrito. Tenéis que ser más rápidas que él. Yo le despistaré.


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