Martes, Agosto 17th, 2010...8:20

Capítulo XII: Nuevas sensaciones

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Cansada de correr sin sentido, la periodista se sentó en el primer banco que encontró y llamó a Mónica, que acababa de llegar a casa tras recoger algunos libros para continuar con la investigación. Al oír la voz temblorosa de la periodista, la joven ayudante la invitó a su casa, que no estaba lejos de donde se encontraba Lola. Cuando le abrió la puerta, la joven ayudante no necesitó preguntar cómo estaba y la acompañó hasta su habitación. Lola se dejó caer boca abajo en la cama, puso la cabeza entre los brazos y empezó a llorar.

—¿Qué pasa? —preguntó Mónica sin entender nada. No hubo respuesta—. Lola, cuéntame. ¿Por qué estás así? —insistió.
—He, he, he… He estado a punto de morir. Un hombre… ¡uff! —intentó explicar entre sollozos.
—Tranquila, respira.
—… un hombre con un tatuaje en el cuello ha intentado matarme. Aunque el que ha muerto ha sido él —dijo al fin.
—¿Quéeeeeeee? —exclamó la ayudante.

Lola se incorporó, se sentó en la cama e hizo un gesto a su compañera para que se sentara a su lado. Quería explicarle a su amiga todo lo vivido con pelos y señales, aunque no tenía fuerzas. La joven ayudante la abrazó, le dio un beso en la frente y miró a su amiga esperando que comenzara a relatar lo ocurrido.

—No tengas miedo, Lola. Soy toda oídos. Estoy aquí para lo que haga falta —afirmó Mónica.
—Está bien —respondió.

La periodista se dio cuenta en ese momento de la enorme confianza que le transmitía su compañera. Siempre había sido bastante tímida y le costaba abrirse y contar sus cosas a los demás. Pero esta vez era diferente. La joven le transmitía mucha tranquilidad y comprensión, por lo que comenzó a hablar con decisión, pero cuando iba a explicarle el incidente con Ferrán se quedó muda. Había estado al borde de la muerte. Dudó unos instantes si continuar o no. Al fin, rompió a llorar. Los nervios y el miedo se apoderaron de ella. No quería prolongar más esa historia, estaba acabando con ella. Se sentía agotada y temía que el reportaje del año acabara con su vida.

Al verla tan hundida, Mónica se acercó y la abrazó de nuevo, pero esta vez más fuerte que la anterior. Veía que Lola necesitaba compañía y era ella quien tenía que dársela. Mientras tenía a la periodista entre sus brazos, recordó el primer día que vio a la joven y descubrió que tenía algo especial. Seguía inmersa en sus pensamientos, cuando Lola levantó la vista y se la quedó mirando fijamente. Las dos amigas se aguantaron la mirada, hipnotizadas, durante unos segundos. Y como por arte de magia, sus rostros se acercaron lentamente hasta fundirse en un largo beso.

Ninguna de las dos había experimentado antes una sensación como aquella, pero la sonrisa que se dibujaba en sus labios delataba que les había gustado. Volvieron a abrazarse, pero esta vez dejándose caer encima de la cama. Se colocaron una frente a otra. Empezaron los mimos. Mónica besaba con ternura la mejilla derecha de la periodista, mientras que Lola sonreía y acariciaba la espalda de su compañera de aventura. Sus corazones latían con fuerza, no sabían si de excitación o de nervios. Sea lo que fuere, las dos estaban a gusto. Y se dejaron llevar.

La ayudante fue quien tomó la iniciativa. Dejó que Lola se tendiera en la cama, mientras ella se inclinaba de cara a la joven, sujetándose la cabeza con la mano. Besó de nuevo los labios de la periodista y recorrió su esbelta figura. Empezó por su pelo, castaño y muy liso. Acarició su cara con la palma de la mano hasta llegar a su cuello, que besó con mucha delicadeza. Seguidamente bajó por sus pechos y se detuvo en su barriga. Dudó si continuar. No sabía si Lola estaba preparada, pero una sonrisa pícara la invitó a continuar. La excitó como nadie antes lo había hecho. Sus manos enloquecieron a Lola, que no pudo evitar que se le escapara algún gemido. De golpe, la periodista se incorporó en la cama. Mónica paró de acariciarla al pensar que no le gustaba, pero lo que quería la joven era, a su vez, dar placer a su amiga. Lola tomó las riendas y se encargó de que su sombra roja, la joven que le había hecho sentir un placer sin igual, disfrutara lo mismo o más que ella.



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