Lunes, Agosto 16th, 2010...8:14

Capítulo XI: El hombre del tatuaje

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Ferrán era un hombre alto y corpulento. Era algo extraño, un hombre con el que había que andarse con cuidado. Muchos se alejaban de él cuando caminaba por la calle pensando que era, por lo menos, un delincuente. Y no se equivocaban. Su aspecto lo reflejaba. El tatuaje del cuello lo delataba, pero tenía otros quince más decorando su cuerpo. Se hizo adicto a ellos después de cometer su primer crimen. Para él, era un simple recordatorio: cada vez que mataba a alguien se hacía un tatuaje. Ya llevaba quince víctimas a sus espaldas y esperaba una señal para sumar una más a la lista.

Se encontraba de pie, esperando frente a la casa de Lola. Le había resultado complicado seguir la pista a la periodista, pero al fin le habían dado su dirección. Se encendía un cigarro tras otro, mientras esperaba la llamada de su cliente.

La sombra de Lola se vislumbraba a lo lejos. No podía seguir esperando a que sonara el teléfono y marcó el último número del registro.

- Está aquí. Viene sola.
- Espera a que esté con su amiga – le dijo una voz ronca al otro lado del teléfono.

El hombre tatuado se montó en su moto con la intención de retirarse, pero vio que Lola empezaba a comportarse de forma extraña. Se había parado en una tienda que estaba cerrando, pero no prestaba demasiada atención a lo que estaba mirando. Ferrán volvió a coger su teléfono.

- Me ha descubierto, ¿qué hago?
- Mátala.

El sicario no lo pensó dos veces. En cuanto oyó la orden del hombre ronco fue a por Lola. Llevaba mucho tiempo pensando cómo asesinar a su decimosexta víctima y al final  había elegido un cuchillo como arma. Lo tenía guardado en el bolsillo de su chaqueta.

Pero Lola había visto las intenciones de aquel hombre al que tanto temía. En cuanto vio que se ponía en marcha, soltó la pieza de fruta que tenía en la mano y salió corriendo. El dueño del puesto corrió tras ella, pero Ferrán lo apartó de un empujón.

Lola decidió no mirar atrás mientras Ferrán la seguía de cerca. Al principio quiso tomárselo con un poco de calma. Decidió salir a una calle amplia, donde hubiese más gente, pero cuando llegó a la calle de Embajadores había mucha menos de la que ella esperaba. En ese momento, nada más girar decidió correr lo más rápido que podía, por  la primera calle que vio a la derecha. Al fondo estaba el paseo de las Delicias. Allí podría coger un taxi y escapar. O quizás sería mejor meterse en el metro. Mientras lo pensaba, Lola seguía corriendo cada vez más rápido. Daba gracias por todas aquellas horas en las que se había pasado haciendo deporte de pequeña. Por suerte, se había preocupado de seguir en forma, porque de otra manera no habría podido aguantar ese ritmo. Pero Ferrán estaba cada vez más cerca. A escasos metros de ella.

Al fin llegó al paseo de las Delicias, pero no vio ningún taxi libre. No era el momento de quedarse parada y siguió corriendo por el paseo, cuesta abajo. Volvió la mirada hacia atrás y vio que Ferrán le pisaba los talones. Estaba a punto de cogerla, así que empujó a una anciana contra él. No lo habría hecho nunca de no haberse encontrado en una situación de riesgo máximo. Aunque se sintió fatal, no tenía tiempo para pensarlo. Ferrán no tardó en deshacerse de la mujer, pero Lola había ganado unos metros.

No tenía mucho tiempo, así que tenía que pensar rápido, pero no supo cómo reaccionar. El miedo la superaba. Ferrán consiguió agarrarla del brazo, pero Lola pudo escapar. Cruzó la calle para intentar salir mejor parada que su perseguidor. Sorteó un autobús que circulaba por el carril bus y del susto perdió el equilibrio. Cayó al suelo. Vio que un coche venía directo hacia ella. En un acto instintivo, cerró los ojos lo más fuerte que pudo, esperando el impacto, pero el frenazo del coche que la iba a arrollar la despertó del shock.

Lola, aún en el suelo, miró atrás y vio a su perseguidor tendido en la carretera. El autobús que ella había logrado esquivar lo había atropellado. Un montón de gente se arremolinaba en torno al cuerpo. Unos intentaban ayudar a aquel hombre… otros solo querían mirar por puro morbo. Uno de ellos se decidió a acercarse para comprobar si tenía constantes vitales. “Ha muerto”, le oyó decir. Lola se levantó sin pensarlo dos veces y echó de nuevo a correr.



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