Viernes, Agosto 13th, 2010...8:10
Capítulo X: Planes frustrados
Lola y Mónica tenían un plan para intentar encontrar la supuesta tercera parte del Quijote, en el caso de que realmente existiera. El primer paso era embeberse en la biografía de Miguel de Cervantes para saber cuál podría ser su “bien más preciado”. Junto a él esperaba una obra que sería capaz de cambiar la historia de la literatura.
Mónica se dirigió al despacho de su jefe, el director del Departamento de Literatura Española de la Universidad Complutense, que todavía estaba acordonado. Al ver la cinta de la Policía Nacional atravesada en la puerta se le pusieron los pelos de punta. Tenía que entrar porque el fondo bibliográfico que atesoraba Luis Álvarez de Tejada en su lugar de trabajo era difícilmente superable. A esas horas de la tarde no quedaba mucha gente por los pasillos de la Facultad de Filología y entró en el despacho sin levantar sospechas.
Por suerte, ese año estaban de moda los bolsos muy grandes y pudo sacar unas diez biografías de Cervantes, algunas muy difíciles de encontrar, metidas en el suyo. También cogió el libro ‘El Quijote desde el punto de vista del Islam’, que estaba leyendo el investigador justo antes de morir y que la Policía no había relacionado con el crimen. Sobre él había unas gotas de sangre.
La periodista mientras tanto fue a su casa para recoger algo de ropa y su bolsa de aseo. Iba a dormir en el pequeño piso que tenía Mónica en el barrio de Francos Rodríguez, cerca de la Universidad. Pasarían la noche buscando alguna pista entre los libros del profesor y los de su ayudante; por eso habían elegido su casa.
Con las muertes de Aquilino Matarranz y Luis Álvarez de Tejada había desarrollado tanto su capacidad de estar alerta que cualquier cosa despertaba su atención. Caminaba por la glorieta de Santa María de la Cabeza hacia su casa tras bajarse del taxi que la había traído desde el barrio de La Elipa, donde había estado tomando un café y hablando con Mónica. Siempre se bajaba en ese lugar cuando cogía un taxi para ahorrarse algo de dinero, salvo cuando regresaba tarde a casa. Esta vez notó que alguien andaba tras ella más cerca de lo que es habitual. Aceleró el paso hasta sacarle algo de distancia y, por fin, pudo mirar hacia atrás.
—¿Tienes algo de dinero para comprar comida? —le dijo un hombre famélico y con pinta de yonqui que necesitaba dinero antes de coger una ‘kunda’ de la droga.
—Sí, toma unas monedas —le contestó Lola para quitárselo de encima cuanto antes.
Lola continuó su camino hasta coger la calle donde vivía. Cuando casi no había comenzado a andar por ella, se detuvo de golpe y, después, se parapetó tras la puerta de una frutería ante la atónita mirada de los pakistaníes que la regentaban. Acababa de ver sentado en una moto mal aparcada en la acera al hombre que huyó de la casa de Aquilino Matarranz, ‘su Monchito’, o al menos a alguien que llevaba un tatuaje en el cuello igual que el suyo. Precisamente, este fue el único detalle de él que pudo apreciar aquel día.
Desde la tienda llamó por teléfono a Mónica, pero no contestaba. “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura”, decía la voz pregrabada. Los dependientes de la tienda preguntaron a Lola si quería comprar algo, pues era la hora de cerrar la tienda. Ella no tuvo más remedio que salir del lugar con paso acelerado pero disimulando en cuanto comprobó que el hombre del tatuaje miraba hacia otro lado. Tampoco quería levantar sospechas. Pero no lo consiguió. Él comenzó a perseguirla.


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