Jueves, Agosto 12th, 2010...8:06
Capítulo IX: El último bastardo
Mierda, mierda, mierda. Estas tres palabras venían una y otra vez a la cabeza de Lola mientras trataba de cubrir en el menor tiempo posible la distancia que separaba la estación de Recoletos de la redacción. Le esperaba una buena: con tanto trajín, a Lola se le había olvidado llamar al trabajo para decir lo que estaba haciendo. Su jefe, Carlos, estaba furioso. “¿Se puede saber qué haces en Alcalá de Henares? Ven a la redacción ahora mismo y hablamos”, le había dicho antes de colgar.
Cuando entró, Carlos le hizo pasar al despacho. “Cuando me contaste el lío en el que estabas metida, no solo decidí creer en tu instinto, sino que te dije que tenías todo mi apoyo para seguir adelante con la investigación. Pero una cosa es eso y otra que no des señales de vida. Se me está acabando la paciencia”, advirtió. Lola se disculpó y le refirió los últimos acontecimientos, para terminar advirtiendo que su excursión a la ciudad complutense no había servido para nada. “Pero hay algo, lo sé, y tengo que descubrirlo. Por favor, dame solo unos días. Por favor”, rogó. Carlos respiró hondo. “Está bien, pero más te vale que merezca la pena. Y ten cuidado. Si las cosas se complican, llámame. No quiero que te dejes la vida en esto”.
Solo le quedaba un recurso: Mónica. Con tanto lío, se le había olvidado que dentro de media hora enterraban al profesor. Decidió acompañar a su amiga Sonia en este trance y, de paso, convencer a la guapa ayudante del difunto para que le echase una mano. No estaba segura de que fuera a acceder después de las cajas destempladas con que la despachó el otro día, pero ahora se daba cuenta de que la necesitaba si quería averiguar algo más.
No le resultó difícil localizar el cortejo fúnebre: entre las personas vestidas de luto quese bajaban de los coches frente a un módulo de nichos cercano a la entrada de O’Donnell de La Almudena, distinguió el chubasquero rojo de Mónica. Lola se acercó y abrazó a Sonia. No sabía qué decir. Su amiga estaba demasiado aturdida como para seguir hablando; quizá fuera mejor así. La redactora se apartó para presenciar junto a Mónica como los operarios inhumaban el ataúd. Los familiares depositaron unas coronas y se dispersaron con rapidez. “Te llamaré”, prometió a Sonia. “Y averiguaré lo que le pasó a tu padre”, añadió, sin estar muy segura de si lo conseguiría.
Después invitó a Mónica a un café. La joven universitaria parecía alegrarse del cambio de actitud de Lola. Nerviosa, comenzó a contarle de forma atropellada lo que había descubierto: cuando el profesor fue asesinado, estaba hojeando un libro en el que un turco aseguraba que existía una tercera parte del Quijote. Al parecer, según este investigador, Cervantes la había ocultado en alguna parte antes de morir por miedo a la Inquisición. “La censura en aquellos días no se andaba con chiquitas: una obra demasiado comprometida podía costarte la muerte”, añadió. Así que, prosiguió, el papel de la discorsia podía ser una pista cierta que llevara a su descubrimiento.
—Pero ¿cómo llegó hasta la cápsula? La caja fue cerrada en 1834. ¿Quién la puso ahí? —inquirió Lola.
—Creo que tengo la respuesta. Cervantes se casó, pero no con su verdadero amor. Tuvo una amante a quien consideraba el amor de su vida; algunos historiadores sostienen que tuvieron hijos. He estado investigando y el árbol genealógico de su descendencia se corta a principios de 1835, con la muerte de Promontorio, un hombre que nunca dejó de autoproclamarse descendiente de Cervantes y a quien todos tenían por loco. Pero ¿y si decía la verdad? ¿Y si él había heredado el secreto y, al no tener hijos, decidió ponerlo a salvo en la cápsula del tiempo?
Lola parpadeó. La sonrisa triunfante de Mónica la turbó. Tuvo que luchar unos segundos contra el pensamiento de que la que se había vuelto loca era la ayudante. Pero… ¿y si tuviera razón?
—Vale. Supongamos que así sea. Pero, si lo hizo en secreto, ¿cómo lo sabía Aquilino Matarranz? ¿O no lo sabía y robó el cilindro por impulso? Además, está claro que alguien más lo sabe. Alguien que ya se ha cargado a dos personas y que también sabe, o intuye, que yo tengo una copia. Así que lo mejor que puedo hacer es deshacerme de esto y olvidarme de todo —concluyó Lola, sacando el papel de su bolsillo y arrugándolo con la mano.
Mónica rodeó con su mano el puño de Lola y la detuvo. La redactora levantó la vista y se dio de bruces con aquellos ojos firmes, llameantes, decididos.
—Ni lo sueñes. Te guste o no, ahora tú tienes la responsabilidad de acabar con esta sangría. Tienes que encontrar el libro y ponerlo a salvo antes de que siga muriendo gente. Y tienes que hacerlo ahora o nunca.
Por primera vez desde el día en que se abrió la cápsula del tiempo, Lola se derrumbó. “¿Por qué yo?¿Por qué ellos?”, repetía entre sollozos. El abrazo de Mónica la liberó de la tensión. Lloró y lloró hasta que las lentillas se le empañaron. Cuando volvió del baño, ya con la cara lavada y las gafas puestas, Mónica había pagado la cuenta. “Vamos. Ya sé por dónde empezar”.


1 comentario
Agosto 14th, 2010 a las 14:17
excelente me encanta. Soy de Puerto rico y me tienen enganchada con la novela. Muy muy buena
Deja un comentario