Miércoles, Agosto 11th, 2010...8:13

Capítulo VIII: Sin ayuda

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Tantas emociones durante los últimos días habían agotado a la periodista. Necesitaba sentarse unos minutos y reflexionar sobre el giro de 180 grados que había dado su vida desde que la enviaron a cubrir el acto de la cápsula del tiempo. Podía haberse quedado con la ayudante, contarle la verdad y seguir investigando las dos juntas. Pero decidió irse. Veía que esta historia estaba acabando con la vida de todas las personas a las que se había acercado para pedir ayuda y no podía continuar así. “No me puedo creer que me esté pasando todo esto a mí”, se repetía Lola una y otra vez de camino a casa. Al entrar en su pequeño piso se dejó caer en el sofá y, pensando en el reportaje de su vida, se quedó dormida durante poco más de una hora. Sesenta minutos que le parecieron un día entero, después de estos últimos días de excitación y sensaciones nuevas.

Se despertó con las ideas claras. Se arregló un poco el pelo, se lavó la cara, se tomó un café en tres sorbos y salió a la calle con paso firme. Tenía clara una cosa: conseguiría dar con el bien más preciado de Don Miguel de Cervantes Saavedra, con ayuda o sin ella. Decidió apostar por la segunda opción. No quería seguir involucrando a más personas en aquel hallazgo. Era un reportaje suyo, una historia en la que ella se había metido. Y tenía que ser la propia Lola quien saliera de ella.

De camino a Atocha todavía llovía, aunque no era un problema. Le encantaba mojarse. Una vez en la estación, compró un billete para Alcalá de Henares y se dirigió hasta el andén número 3. Quedaban todavía cinco minutos para que el Cercanías entrara en la estación, tiempo que aprovechó para dar algunas vueltas más al tema, hasta que se encontró con Carmen, una antigua compañera de facultad a la que llevaba años sin ver. Ella también iba a Alcalá; tenía una entrevista de trabajo. Durante los 35 minutos de viaje intentaron ponerse un poco al día de las experiencias vividas durante estos años. Lola le contó la dura separación de sus padres, vivida seis meses atrás, y su última experiencia amorosa con Jorge, un compañero de trabajo que la había vuelto loca nada más entrar por la puerta. Carmen había terminado fisioterapia y ahora buscaba trabajo, aunque durante los cinco meses anteriores no había recibido ni una oferta. Esperaba tener suerte en la entrevista que tenía en unos minutos. El aviso de la próxima estación: “Próxima parada: Alcalá de Henares. Final de trayecto” puso punto y final a la agradable conversación.

Se despidieron con dos besos en la puerta de la estación y Lola se encaminó hacia la calle de Pedro Laínez, para seguir en dirección a la calle del Muelle. Un paseo de quince minutos la separaba de su próximo objetivo: la Casa Natal de Cervantes. Ya en la puerta, adquirió una entrada, entró y se dirigió hacia el guardia de seguridad.

—Busco los fondos bibliográficos —dijo Lola, sin apenas saludar.

—¿Tiene la autorización? —contestó el guardia.

—No tengo nada. ¿La necesito?

—Es imprescindible para poder entrar en la sala. La entrada que tú tienes sirve para ver el museo, pero no para acceder a los fondos.

—Por favor… He venido desde Madrid hasta Alcalá para buscar unos libros y necesito entrar sea como sea. ¿No hay ninguna posibilidad? —suplicó la periodista.

—No, señorita. Hay unas normas que cumplir.

— Le prometo que no va a pasar nada. Entro, busco unos libros y una información que necesito y salgo. Le juro que no le voy a dar ningún problema —insistió.

—No puedo, joven. De verdad que no.

—¿Hay trato si le doy cien euros? —inquirió, a la desesperada.

— ¿Cree que podrá sobornarme con dinero? ¡Ni hablar!

—Entendido. Pediré cita y vendré otro día —respondió Lola cabizbaja, mientras ingeniaba una solución.

Empezó a visitar el museo, un espacio que recreaba los distintos ambientes de una casa acomodada de los siglos XVI y XVII, sin perder de vista al guardia de seguridad que tantas pegas le había puesto para entrar en la sala de fondos bibliográficos. Fue en ese instante cuando apreció que el vigilante salía a fumarse un cigarro. Es mi momento, pensó. Ahora o nunca. Se coló en la sala y empezó a investigar en busca de alguna pista que le llevara al preciado tesoro del que hablaba la fotocopia que tenía en su poder. Pero… ¿qué era?, pensó. No sé qué estoy buscando, repetía para sí. De todas formas, se acercó a las publicaciones sobre la vida y obra de Cervantes para analizarlas a conciencia. Cualquier pequeño detalle, por insignificante que fuera, podría darle la pista que la llevara a su objetivo.

Ojeó libros y libros durante más de una hora sin encontrar nada. Minuto a minuto se concienciaba que aquella visita a la Casa de Cervantes no había servido para nada; no tenía sentido. Esa no era el lugar donde encontraría la siguiente pieza del puzle. Necesitaba ayuda. Y la única persona que le podía echar un cable era su sombra roja, la joven ayudante del catedrático Luis Álvarez de Tejada, fallecido horas antes. Mónica, una chica alta, esbelta y muy, pero que muy guapa, era la única persona en la que podía confiar. Su vestuario sencillo, su apariencia transparente y su preciosa cara transmitían a Lola una confianza absoluta.

Se sobresaltó de golpe al darse cuenta de que el guardia de seguridad entraba en la sala donde se había colado. Se escondió  y se dio cuenta que había estado más de media hora pensando en Mónica. Había llegado el momento de volver a casa y analizar la jornada. Tenía dos cosas claras: que necesitaba la ayuda de su joven sombra roja y que la Casa de Cervantes de Alcalá de Henares no era el sitio donde encontraría la siguiente pieza del engranaje.  Y una vez concienciada de que había perdido el tiempo visitando la localidad alcalaína, tocaba salir de la sala sin ser vista por el guardia. Se acercó a la puerta y esperó hasta que el vigilante decidiera abandonar por unos minutos la entrada de la sala.

A los cinco minutos vio como el hombre de espalda ancha que había en la entrada recibía una llamada. “Vengo enseguida”, respondió. Fue en ese momento cuando Lola salió disparada y se dirigió lo más rápido que pudo a la puerta, aunque sin correr, para no despertar sospechas. Justo en el momento en el que colocaba un pie en la calle el guardia chilló: “¡Eh, tú! ¡Espera!” Al instante, la joven periodista empezó a correr sin mirar atrás, deseando que el vigilante no la cogiera. Lola tenía unas piernas atléticas. Había jugado a baloncesto desde pequeña y ahora seguía corriendo dos días por semana para mantenerse en forma. Dobló la primera calle a la derecha y siguió corriendo, sin darse cuenta de que era un callejón sin salida. Comprobó que no la seguían y respiró un poco más tranquila. Se apoyó a la pared para coger aire cuando de pronto comenzó a sonar su móvil. Se sobresaltó. ¿Quién sería ahora?



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