Martes, Agosto 10th, 2010...8:15
Capítulo VII: La sombra roja
Lola se despertó sobresaltada. Creía haber oído el sonido de un mensaje en su móvil, así que se lanzó con los ojos aún cerrados sobre el teléfono. Se frotó la cara. Nada. No había mensajes. Tampoco llamadas. El padre de Sonia había sido muy claro: “Esta misma tarde tendrás noticias mías”. Pero no hubo noticias. Ni buenas ni malas. La visita al catedrático era lo más cerca que había estado del significado real de su hallazgo. Lo presentía. Lo tuvo claro cuando vio el rostro iluminado del profesor Álvarez de Tejada… Él sí había tomado en serio su historia. Pero entonces, ¿por qué no la había llamado? ¿Por qué este silencio?. Tal vez, pensó, ese papel no tenía ningún valor y Tejada no se ha molestado siquiera en llamarme. Se lo habrá contado a Sonia y estarán los dos partiéndose de risa.
Se sentía desanimada. Empezaba a pensar que tal vez se había dejado llevar por su entusiasmo y por eso que los más veteranos de la redacción llamaban ”el olfato”. Vaya un olfato de mierda tienes, Lola, se dijo. La idea de que esa historia estuviese solo en su mente la hizo sonreír con amargura. Encendió un cigarro y decidió tomar un café y darse una ducha antes de seguir desmontando su propia teoría. El agua fría la serenó. Empezó a hacer una lista de hechos objetivos mientras el agua resbalaba por su cabeza. Buscaba cosas tangibles, verificables, que no pudieran ser fruto de su imaginación. Aquilino está muerto. Eso es indiscutible. Su macabra muerte parecía una pesadilla, pero era real. Que se lo pregunten al cadáver machacado que estaba sobre Rocinante, recordó, riéndose de sí misma por su infalible método lógico. También la nota era real. Y la sombra tatuada que huyó del piso de ‘mi Monchito’. Ese recuerdo la estremeció.
Eran bastantes indicios como para pensar que detrás había una historia, aunque todavía faltaban muchas piezas en el rompecabezas con el que, casi sin saberlo, había empezado a jugar apenas dos días atrás. Este ejercicio de autoconvencimiento le dio fuerzas suficientes como para dejar de esperar la llamada del padre de Sonia. El teléfono del catedrático, sin embargo, estaba apagado. Se había hecho tarde, así que decidió ir a la redacción. Allí podría buscar algo de documentación e insistir hasta que consiguiese localizar a Tejada.
Aparcó su Clio azul en una callejuela perpendicular a la calle del Almirante. Quedaba un poco lejos de Madridiario, pero la lluvia había convertido la circulación de Madrid en una tela de araña de la que era imposible escapar. Salió del coche y le cayeron encima las primeras gotas. Eso le hizo sentir bien. Siempre le había gustado la lluvia. Sus compañeros ya se habían acostumbrado a que llegase empapada a la redacción los días de tormenta, aunque aún había quien insistía en ofrecerle un paraguas. Echó a andar con decisión y atravesó el paseo de Recoletos esquivando los coches atrapados en aquella trampa de asfalto. Le gustaba caminar despacio bajo el agua, lo que contrastaba con los demás transeúntes que pasaban a su alrededor: sombras difusas que se cubrían la cabeza y corrían sobre los charcos buscando un refugio seguro.
Estaba a punto de alcanzar el portal de Madridiario cuando notó una mirada clavada en su espalda. Se giró y descubrió que una de esas sombras no huía de la lluvia. Inmóvil, embutida en una gabardina roja con capucha, la sombra observaba desde una esquina. Estás paranoica, Lola. Estos días han sido muy intensos, pero tienes que mantener la calma y dejar de ver fantasmas. Cuando volvió a mirar hacia la esquina, la sombra había desaparecido. ¿Ves? Seguro que simplemente estaba esperando a alguien. Abrió el portal, llamó al ascensor y buscó las llaves en su bolso. Fue entonces cuando se dio cuenta de que se había dejado el teléfono en el coche. Tendré que bailar bajo la lluvia otra vez, se dijo. Salió de nuevo a la calle mientras en su mente resonaba la voz de Gene Kelly y se dirigió silbando hacia Recoletos.
La paranoia volvió cuando apenas había dado una decena de pasos. Tac. Tac. Tac. Lola, convéncete. No hay nadie detrás de ti. No pensaba hacer concesiones a su fantasía desbocada ni a su miedo irracional, así que decidió seguir su camino sin girar la cabeza. Pero su mente tampoco pensaba darse por vencida tan pronto. Tac. Tac. Seguía escuchando unos pasos a su espalda. No me jodas, Lola. Estás en la calle. Es normal que haya más gente, ¿no crees? Tac. Tac. Los pasos se acercaban despacio, con sigilo mal disimulado. No quiso girar la cabeza. Estaba decidida a demostrarse a sí misma que era capaz de mantener la cabeza fría. Pero apretó el paso. Por si acaso, se justificó. Tac. Tac. Tac. Los pasos también aceleraron. Lola clavó su mirada en el retrovisor de un coche aparcado y descubrió la figura. Era la misma sombra roja que había visto frente al periódico.
Definitivamente, había perdido la batalla contra su imaginación. Cuenta tres y echa a correr. Uno, dos… Sus pies volaron sobre la acera antes de que el “dos” se borrase de sus labios . La sombra roja se quedó paralizada. Sentirse descubierta no entraba en sus planes, así que Lola aprovechó su desconcierto para obtener una pequeña ventaja. Corre y no mires atrás. Corre y no mires atrás. El enorme autobús que llegaba desde Cibeles, sin embargo, tampoco estaba en los planes de Lola. Lo vio justo cuando iba a cruzar el carril bus. La periodista tuvo tiempo de frenar antes de que esa otra sombra roja —esta, enorme— se le echase encima, pero no pudo evitar resbalar en la acera mojada. Quedó tendida en un charco y su bolso salió despedido. Lo buscó desde el suelo con la mirada y, de repente, todo se le vino abajo. La sombra del chubasquero rojo acababa de agacharse para coger el bolso de Lola, que dudó entre seguir corriendo o lanzarse contra su perseguidor con toda su desesperación para poner fin a aquel juego absurdo. No pudo hacer ninguna de las dos cosas. Sus húmedos y doloridos huesos se declararon en rebeldía y desobedecieron las órdenes suicidas de su cerebro. La sombra se acercaba, y esta vez no podía hacer nada.
—Lola, ¿verdad?
La sombra, de repente, le resultaba familiar. Lola se fijó en el rostro que se escondía bajo la capucha y descubrió a la joven que, sepultada entre papeles como una rata de biblioteca, había conocido la tarde anterior en el despacho del padre de Sonia.
— Joder, Luis me dijo que me llamaría ayer por la tarde, no que mandaría a su mayordomo para que acabara conmigo de un susto…
La chica miró a Lola con incomprensión. Frunció el ceño, apretó los labios, y su rostro pareció querer ocultarse de nuevo bajo la capucha.
—Nnn, nno, no… ¿No lo sabes? —balbuceó.
Lola buscó sus ojos y descubrió una lágrima que, mezclada con las gotas de lluvia, recorría la mejilla de la chica. Entonces comprendió.


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