Lunes, Agosto 9th, 2010...8:38
Capítulo VI: La corazonada
Luis manoseaba el filtro del cigarro que tenía entre los dedos índice y pulgar en su despacho de Ciudad Universitaria. Hacía 15 años que había dejado el tabaco. Para llenar el vacío había optado por comer, lo que explicaba su orondo perfil. Sin embargo, había vuelto al vicio apenas cuatro horas antes. Una urgente necesidad de nicotina había brotado de su interior cuando Lola, amiga de su hija Sonia, le trajo un indicio de una de las leyendas literarias más raras de la historia.
Al menos, siete libros polvorientos sobre Cervantes de su biblioteca particular reposaban abiertos sobre la mesa. Tenían que contener algún indicio que le mostrase si lo que el destino ponía ante sus ojos era una verdad oculta hasta ahora. ¿Sería posible? ¿El Quijote continuaba? ¿Qué narraba? ¿Cómo? ¿Cuándo y dónde lo escribió el escritor alcalaíno? ¿Quién era su protagonista? ¿Por qué no salió a la luz? Demasiadas preguntas y solo un atisbo de respuesta: un papel fotocopiado con el testamento de un supuesto descendiente del manco de Lepanto.
Había buscado analogías estilísticas entre el texto y las distintas ediciones del Quijote de Avellaneda, por si el enemigo enmascarado de Cervantes buscaba, de nuevo, apuntillar su obra. También buscó nexos en las continuaciones apócrifas del ingenioso hidalgo: la ‘Historia del admirable don Quijote de la Mancha’, escrita en dos partes por Filleau de Saint-Martin y Robert Challe; la ingeniosa ‘Continuación nueva y verdadera de la historia y las aventuras del incomparable don Quijote de la Mancha’, de autor desconocido; ‘El pastor Quijótiz’ de José Camón Aznar; la tercera parte que publicó Alberto Báez Izquierdo; o los ‘Capítulos que se le olvidaron a Cervantes’ del ecuatoriano Juan Montalvo. El resultado había sido una gran nada. Todas estas obras, sin embargo, respondían a la misma leyenda: existía un tercer volumen de las aventuras quijotescas, y cada cual quería dar el suyo por bueno.
Su amigo Eugenio no había echado mucha más leña al fuego. Por teléfono, le explicó que había comprobado el papel antes que él. Consideraba que el texto era falso. Una fábula cuya importancia solo estaba en la mente de una periodista desinformada. Antes de colgar, pidió, nervioso, que olvidase el tema. Pero Luis tenía una corazonada, y Lola no respondía precisamente al perfil de una mala profesional. El papel, el asesinato y el extraño rechazo de su colega tenían una clara conexión: El ‘Quijote’, la pasión de su vida. Y aunque intuía el peligro, había algo que le impedía echarse atrás.
Apagó el cigarro y dejó el móvil sobre la mesa. El sol fue desapareciendo. Fue sustituido por una lámpara de mesa que dibujaba luces y sombras en la habitación. El mismo escenario que había en su cabeza. Su ayudante había partido ya hacía tiempo. Tenía el encargo de buscar más documentación sobre el tema en el archivo general de la Comunidad de Madrid. Principalmente, el árbol genealógico de Cervantes. La ventana estaba abierta y corría la brisa. La puerta golpeteaba con la sintonía rítmica que le daba la corriente. “Esta chica nunca cierra bien la puerta”, dijo Luis para sus adentros.
El profesor se quitó las gafas y se masajeó con los dedos el puente de la nariz. Cerró los ojos. Tanta concentración le había cansado la vista. En la oscuridad de sus párpados bailaban lucecitas. De repente, silencio. Algún engranaje encajó en su cerebro. “Lo tengo”, pensó. Había entendido cuál era el mensaje tras las palabras.
La puerta volvió a golpear… ¡Tac! Había perdido su cadencia. Pasó las páginas de uno de sus libros a toda velocidad. No podía desaprovechar ese destello de inspiración. ¡Tac! Un autor turco había comentado algo al respecto en un pasaje de su ‘Quijote desde el punto de vista del Islam’… ¡Tac! Hablaba de una tercera parte perdida. Hablaba de… ¡Tac! El viento tiró una decena de hojas al suelo. Cuando Luis se agachó para cogerlas sintió como la cabeza le estallaba de dolor. Gritó y se echó una mano a la cabeza. Al incorporarse en su asiento vio una figura humana. La sangre le empañó la vista cuando trató de verle la cara. Su instinto le impulsó a coger el móvil y llamar a la policía. Otra descarga de dolor le recorrió el brazo. Podía sentir cómo, de un golpe, su mano se había convertido en un amasijo de huesos rotos. Trató de articular palabra pero el dolor le impidió hacer apenas una mueca. La figura volvió a elevar el brazo. Un instante después, todo se fundió en negro.


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