Viernes, Agosto 6th, 2010...9:00

Capítulo V: El mayor hallazgo de la historia de la literatura

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Lola salió del despacho sin despedirse siquiera y muy enfadada con la actitud del investigador. No podía comprender cómo la trataba de esa forma cuando lo que tenía entre manos era, quizás, el mayor hallazgo de la historia de la literatura. Lo único que se le ocurría es que Eugenio Calvo pensara que estaba intentando gastarle una broma o, peor aún, engañarle. De todas formas, con o sin ayuda, Lola tenía claro que iba a llegar hasta el final.

La periodista se montó en su coche, un Clio azul que tenía desde poco después de sacarse el carné. Aunque ya casi estaba para enviarlo al desguace, Lola le tenía mucho cariño y no quería desprenderse de él. Un poco desanimada, puso rumbo hacia la redacción, pero, de pronto, se acordó de algo: el padre de su amiga Sonia sabía mucho sobre Cervantes. De hecho, creía recordar que daba clases de literatura en Filología; no sabía en qué especialidad, pero se acordaba de que cuando eran niñas les contaba muchas historias sobre el escritor. Sin pensarlo más, Lola puso el manos libres y marcó el número de Sonia.

—Hola, niña, ¿cómo estás?

—Bien. Oye…, necesito un favor. Tu padre daba clases de literatura, ¿verdad? Sobre Cervantes… ¿puede ser?

—Sí, es el director del departamento de Literatura Española del Siglo de Oro en la Facultad de Filología. ¿Por qué?

—Estoy haciendo un tema sobre…, sobre la cápsula del tiempo de Cervantes, que la han abierto hace poco, y tengo algunas dudas. ¿Sabes si puedo hablar con él?

—Pásate por su despacho. Está allí ahora mismo. Seguro que la visita le hace ilusión.

—Gracias, eres un sol. Te debo una caña.

Lola había mentido muy pocas veces a su amiga Sonia. Se conocían desde niñas y siempre habían guardado una buena relación, pero en ese caso prefirió no contarle toda la verdad. Aunque tenía la corazonada de que lo que tenía entre manos era algo muy gordo, no quería precipitarse; a Lola siempre le había gustado presumir de sus éxitos, pero en este caso prefería ir con precaución por si el papel que encontró resultaba ser solo una broma de mal gusto. Además, si lo que decía la nota era verdad, todas las personas que lo supieran podrían correr peligro… igual que Aquilino Matarranz.

Enfrascada en sus pensamientos, Lola llegó casi sin darse cuenta a la avenida Complutense, muy cerca de la Facultad de Filología. Pasó por delante de su antigua facultad, la de Ciencias de la Información, en la que estudió durante siete largos años. “El edificio sigue tan feo como siempre”, pensó. Dos minutos después aparcó en la puerta de Filología y preguntó al conserje por el profesor Álvarez de Tejada. “En el segundo piso, el despacho número cuatro”, contestó el funcionario, y señaló la escalera que debía subir.

Lola no tenía especialmente desarrollado el sentido de la orientación, así que tuvo que volver a preguntar un par de veces antes de encontrar el despacho. Por fin encontró la puerta. Llamó y pasó sin esperar contestación para encontrarse con una sorpresa: en lugar del profesor, la estancia estaba ocupada por una chica joven, casi sepultada bajo una montaña de papeles.

—Buscaba al profesor Álvarez de Tejada.

—Es aquí. Lola, ¿verdad?

—Sí… —contestó, sorprendida.

—El profesor la está esperando. Pase por la puerta del fondo.

El padre de Sonia no había cambiado mucho. Tenía menos pelo que años atrás, pero seguía tan gordo como entonces. Lola y Sonia bromeaban cuando eran pequeñas diciendo que era como Homer Simpson, “pero en listo”, así que Lola no pudo evitar la sonrisa cuando vio que el profesor tenía una caja de rosquillas sobre la mesa, al lado de su ordenador.

—¿No te ha acompañado mi ayudante? – preguntó nada más verla.

—No…

—No te lo tomes a mal. Siempre está agobiada con el trabajo, pero es una buena chica. Bueno, cuéntame, ¿cómo estás? ¿Qué te trae por aquí? Me ha dicho mi hija que venías para hablar sobre la cápsula del tiempo.

En ese momento, Lola se sintió un poco mal por haber mentido a Sonia.

—Bueno, más o menos. Verá…

—No me trates de usted, por favor, que nos conocemos desde hace muchos años. Llámame Luis.

Lola le contó que estuvo presente cuando la cápsula se abrió, que escribió el reportaje y que se habría olvidado del tema si no fuera porque uno de los asistentes apareció asesinado en la plaza de España. A medida que hablaba, el profesor iba pareciendo más temeroso e inquieto; no había oído nada del crimen.

—¿Y me dices que estuviste en la casa del hombre asesinado?

—Sí. Y allí encontré esto… —respondió Lola mientras le tendía un papel doblado por la mitad.

El profesor cogió sus gafas de cerca, se las puso y abrió la hoja. Lola se fijó en su reacción mientras el profesor leía en voz alta:

“Yo, Promontorio, único descendiente de Don Miguel de Cervantes Saavedra tras ocho generaciones, dejo a la posteridad el testimonio dictado en su lecho de muerte de que cerca de su bien más preciado hállase oculta la tercera parte por él escrita de ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’. Según dejó dictado, debía publicarse 200 años después de su muerte, pero la imposibilidad de encontrarlo, mis pocas fuerzas y el hecho de no tener descendientes me lleva a dejar este mensaje para que quien lo encuentre en el futuro haga cumplir la voluntad de mi ilustre antepasado.”

El padre de Sonia no podía disimular su turbación. Era una mezcla entre nerviosismo y responsabilidad; como un niño con un juguete nuevo, pero sabiendo a la vez que, si ese papel era real, tenían entre manos el mayor hallazgo de la historia.

—Lola… ¿esto es real? – preguntó, temiendo la respuesta.

—Todo apunta a que sí, Luis. Y creo que asesinaron a Aquilino Matarranz por tener este papel.

—Lola, no cuentes a nadie lo que has descubierto. Vete a casa y espera a que yo te llame esta noche. Pero es muy importante que no digas nada a nadie —reiteró.

—Bueno…, ya he hablado sobre ello con Eugenio Calvo —contestó Lola con un poco de miedo.

—¿Con Calvo? Es un buen amigo mío. Hablaré con él. Esta misma tarde tendrás noticias mías.



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