Jueves, Agosto 5th, 2010...9:42

Capítulo IV. La traición

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Ya no le quedaban uñas que morder. Eugenio Calvo estaba preocupado. Sentía que se había metido en un lío él solito y todo por una cantidad de dinero que necesitaba para pagar sus deudas. Era el presidente del Centro Nacional de Estudios Cervantinos y había estado presente en el acto del año de aquel mes, la apertura de la cápsula del tiempo, después de jugarse 50 euros en la máquina en su bar de cabecera.

Le hubiera gustado no verlo, pero se apercibió de que el jefe de servicio del Área de Mantenimiento, a quien conocía desde hacía tiempo, se había guardado algo en el bolsillo de su pantalón mientras todos andaban por el suelo recogiendo las páginas que el inútil de Fermín había dejado caer. No dejaba de darle vueltas: había traicionado si no a un amigo, sí a una persona que siempre había sido muy atenta con él. Cuando estaba inmerso en estos pensamientos, sonó el teléfono de su despacho.

—Hola, soy yo —dijo una voz grave.

—¿Cómo me has hecho esto? —replicó Eugenio, enfadado.

—A ti no te he hecho nada. Tú estás al margen. Solo me contaste lo que pasó aquel día, nada más.

—Pero yo no sabía que Matarranz iba a morir, eso no era parte del trato, aparte de que podría verme envuelto en una investigación policial.

—Espero que eso no signifique que vas a hablar.

—No, en absoluto.

—Te lo advierto: o estás conmigo o estás contra mí.

—No te preocupes —dijo temeroso—. ¿Encontrasteis lo que Matarranz se llevó de la cápsula del tiempo?

—Más o menos. Y si te enteras de algo más, no dejes de llamarme. Y cuidado con lo que haces. Estaré pendiente de ti.

Al colgar el teléfono, vio que tenía un mensaje. Al consultarlo escuchó que era de Lola Carrere, aquella periodista delgada y algo ojerosa a la que había ilustrado tras la apertura de la cápsula y a la que facilitó el teléfono por si tenía alguna duda a la hora de escribir la información, cuando ella confesó que los redactores no siempre pueden saber lo humano y lo divino de cada uno de los asuntos con los que tienen que lidiar. “Voy hacia su despacho”, decía la voz. “Necesito su ayuda”.

Eugenio se quedó pensando qué demonios querría esa periodista hasta que recordó la muerte de Matarranz. Se disponía a llamarla para poner cualquier excusa cuando llamaron a la puerta. Cuando abrió, vio que era ella. No era posible que le hubiera puesto el mensaje y le hubiera dado tiempo a llegar hasta su despacho en Alcalá de Henares. Sacó la conclusión de que tendría que cambiar de compañía telefónica, pues los mensajes de su móvil llegaban cuando querían.

Lola había conseguido carta blanca para dedicarse a su reportaje no del año, sino, quizás, de su vida. Fue, eso sí, después de la pelotera del mes. A una agencia de noticias le habían filtrado que el cadáver encontrado sobre el Rocinante de la plaza de España era el de Aquilino Matarranz. Al ver deslizarse la noticia por entre los teletipos, Carlos la llamó para preguntarle si sabía algo, con visibles muestras de malestar. Así que Lola no tuvo más remedio que largar ante el estupor de Carlos.

La periodista había conseguido tranquilizarse un poco, pero sabía que tenía entre manos una noticia que podría dar la vuelta al mundo, como se infería de la nota fotocopiada que había encontrado en la casa de su “Monchito” pensó ella, entre risas. Una vez frente a Eugenio Calvo fue al grano.

—¿Qué pensaría si le dijese que ‘El Quijote’ no es tal como lo conocemos?

—Perdone, señorita. Debería ser más prudente y no entrar así a molestar casi sin avisar.

—Lo siento, pero… ¿escucha lo que le estoy diciendo? ¿Qué pensaría? Dígame.

—Bueno, hay muchas leyendas e hipótesis diversas sobre ‘El Quijote’. ¿Por qué me pregunta eso?

—Se lo mostraré, pero prométame que no se lo dirá a nadie. Lo tenía una de las personas que estaban en el acto del Museo Arqueológico Regional y que ha muerto.

—Aquilino.

—Sí, ¿cómo lo sabía?

—Lo he leído en Madridiario —dijo en un susurro.

—Mire esto —le pidió mientras que Lola le entregaba, temblorosa, la nota fotocopiada.

El investigador cogió el documento y comenzó a leerlo. Según sus ojos iban avanzando palabra a palabra, se percataba de la importancia histórica de lo que estaba sucediendo. Pero tal y como se estaban desarrollando los acontecimientos, Eugenio pensó que no eran buenas noticias, por más que estuviese en juego encontrar un texto capaz de cambiar la historia de la literatura universal.

—Escúcheme: olvídese de eso y váyase, por favor —zanjó, levantando la voz.



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