Miércoles, Agosto 4th, 2010...8:57
Capítulo III: El reportaje del año
Unos golpecitos en el hombro hicieron que Lola volviera en sí. No sabía cuánto tiempo llevaba absorta en sus pensamientos tras reconocer el rostro del cadáver pero Javier, el fotógrafo, la devolvió a la realidad. Mientras Javi hacía unas cuantas fotos, Lola seguía dándole vueltas a la posible relación de la muerte de aquel hombre con la cápsula del tiempo. Lo veía tan claro… ahora solo tenía que encontrar un hilo de donde tirar, pero antes tenía que volver a la redacción.
No había hecho más que sentarse en su ordenador cuando Carlos, el redactor jefe, la llamó para que se acercara a su mesa.
—Lola, pásale a Ana todo lo relacionado con el suceso. Julián se ha liado con su reportaje y no le va a dar tiempo a llegar a la rueda de prensa de los preservativos Dutrol, así que vete corriendo.
—Pero ¿qué? Estoy con la posible historia del año y ¿me vas a enviar a una mierda de rueda de prensa para que me digan lo que los madrileños le dan al manubrio o no? ¡Eso lo puede hacer el becario por teletipo!
—Lola, tenemos que ir, te ha tocado y ya está. Los becarios también tienen cosas que hacer además de leer teletipos.
— Pero… ¿y mi historia? ¡No puede esperar!
—Nada de peros. Además, ¿de qué historia me hablas? Que yo sepa tienes todo cerrado y hoy lo único que ha habido ha sido ese suceso. No me valen excusas.
Lola sabía que no tenía nada que hacer con Carlos. Su ‘gran historia’ no tenía, de momento, ni pies ni cabeza y no le iba a servir de excusa, así que no tuvo más remedio que mentir.
—Mira, Carlos, estoy de acuerdo contigo. Si me toca, me toca, pero esta vez no puedo. Mari Ángeles Monterrey, la del reportaje de las viviendas VPO que sale mañana, me ha llamado y me ha dicho que me tiene que ver urgentemente, que tiene algo muy importante que decirme y que no publiquemos nada hasta que yo no hable con ella de nuevo. Así que, como comprenderás, no me puedo arriesgar a publicar algo que posiblemente no sea cierto al cien por cien y donde además está metido el Ayuntamiento.
Carlos se quedó mirándola pensativo. No estaba seguro de que Lola le estuviera diciendo la verdad, pero el reportaje del que le hablaba era algo gordo y no podía arriesgarse, así que accedió a las súplicas de su redactora.
Sin saber muy bien por qué, Lola decidió que su primer paso debía ser visitar la casa de Aquilino Matarranz. Averiguar su dirección había sido relativamente fácil gracias a Lucía, que además de su mejor amiga era inspectora de la Policía Nacional y una gran fuente de información. A pesar de haber prometido a Lucía que simplemente quería observar la casa desde la calle, Lola tenía claro que debía subir al piso de Aquilino si quería descubrir algo interesante, pero aún no tenía muy claro cómo entrar.
El piso se encontraba en el número 63 la calle de Santa Susana. El edificio era uno más de los que hay en el barrio de Hortaleza. Tenía ocho pisos, con ladrillo oscuro a la vista, y un portal grande y muy cuidado, por lo que supuso que la portera era bastante meticulosa con la limpieza. Mientras mordisqueaba un bocadillo, la periodista observó lo que sucedía en aquel portal, y tras apenas media hora, Lola tuvo claro que tenía que ser la mismísima portera la que le tenía que abrir la puerta del piso del funcionario fallecido.
Para ello Lola sacó la actriz que llevaba dentro e interpretó el papel de su vida como amante desolada del pobre funcionario muerto. Tras pasar por la farmacia y echarse un colirio, se acercó a la portera hecha un mar de lágrimas.
—Disculpe —dijo hipando—, verá… es que… —y rompió a llorar más fuerte de lo que nunca había pensado.
—Pero niña, ¿qué le pasa? Deje de llorar y cuénteme, que las penas si se comparten son menos —dijo interesada aquella mujer regordeta que ya acariciaba la jubilación.
—Es que… mi pobre Monchito… el pobrecito mío…
—¿Sí? Venga niña, sigue, continúa, que tú puedes.
—Mi Monchito… ha fallecido… —y lloró de nuevo estrepitosamente.
—¡Pero hija! Cuánto lo siento, pero ¿quién es su Monchito? ¿Vivía aquí?
—Síiiiiii….
—¡Ay! Pero no me diga eso, ¿y quién era?
—Aquilino Matarranz.
—¿Aquilino? ¿Qué le ha pasado, Dios mío? —dijo la mujer abriendo mucho los ojos—. Ya me parecía raro a mí no haberle visto esta mañana. ¿Era amigo suyo?
—No…, era mi amorcito, mi vida. ¿Me entiende usted?
—Sí, claro, hija, una es mayor pero… Pues no sabía yo que Aquilino fuera…, bueno, que tuviera novia. ¿Y cómo ha muerto?
—¡Me lo han matado…! ¡Mi pobre Monchito! ¡Me lo han matado!
—Pero ¿cómo? —dijo la portera exaltada.
—No sé. Lo único que sé es que la policía encontró en su móvil mi teléfono, al que mi Monchito había antepuesto las letras AA, que significan “avisar a”, y me han llamado para que fuera a identificarle al Instituto Anatómico Forense y que de paso le llevara un traje. ¡Ay, ay, ay! —continuó llorando desconsoladamente —. Como no tiene familia…—dijo dudando por si metía la pata.
—Ay, hija, qué triste. No sabía que estuviera solo, aunque bien mirado siempre comenté lo aislado que estaba, sin visitas ni amigos. Por eso me sorprende que consiguiera echarse una novia tan atractiva. ¿Llevaban mucho tiempo juntos?
—Pues síii, cuatro meses… —continuó llorando—, y ahora tengo que llevar un traje para amortajarlo. Y no tengo su llave.
—Bueno, hija, no se preocupe, que eso lo puedo arreglar yo. ¿Va a dejar de llorar?
—Sí…
—Venga, pues espéreme un momentito aquí, que en seguida le dejo unas llaves para que coja el traje de su Monchito ¿vale?
—Vale.
Una vez dentro del piso se felicitó a sí misma por la gran actuación que acababa de hacer. Al principio le costó ver algo. No quería tocar nada por si la policía se pasaba y descubría que alguien había estado allí. Su primera impresión fue que el piso era muy oscuro, estaba desordenado y una capa de polvo era visible en todos los muebles. Se notaba que era la casa de un hombre soltero. No había fotos, ni ningún elemento decorativo. Solo se veía un sofá viejo, una televisión de unas 30 pulgadas y una vieja mesa de comedor. El dormitorio era igual de triste que el resto de la casa. A excepción de la cama y un aparador no había nada que diera una pista de lo que a aquel hombre le había podido ocurrir. Mientras recorría la cocina notó algo. Al principio no supo qué podía ser, hasta que estuvo segura de que había oído unos pasos tras de sí. Sin saber qué fue lo que la impulsó, sacó su móvil y muerta de miedo simuló que tecleaba un número corto antes de decir en voz bien alta:
—Aquí la inspectora López. El piso está aparentemente en orden. Ya puede subir el equipo de la científica.
Automáticamente se dio la vuelta y vio una figura salir corriendo por el pasillo. Pese a que le temblaban las piernas le siguió, pero sólo pudo ver que quien huía por una ventana que daba a una terraza de la finca colindante era un hombre corpulento con un gran tatuaje que le recorría el cuello.
Una vez se quedó sola, Lola se desplomó en el sofá del salón del funcionario. El corazón le latía a un ritmo frenético y las manos le temblaban. ¿Quién sería aquel hombre? Mientras trataba de calmarse, sus dedos tocaron algo que estaba debajo de uno de los cojines. Era un papel. Cuando lo tomó en su mano y lo ojeó, Lola se convenció definitivamente de que estaba ante el reportaje de su vida.


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