Lunes, Agosto 2nd, 2010...8:51

Capítulo I: El cilindro robado

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Pensaba que por una vez en la vida la suerte le sonreía a la cara pero aún temblaba cuando volvía a recordar lo ocurrido. No se reconocía en ese Aquilino Matarranz que como jefe de servicio del Área de Mantenimiento y Conservación del Patrimonio Histórico Artístico Regional había sido invitado al que la prensa consideraba el acontecimiento cultural del año. Claro que la prensa le daba esta consideración a todo y varias veces al año. El que se hubiera encontrado bajo la estatua de Cervantes una caja enterrada en 1834 no era, a su juicio, una tontería, pero tampoco era para armar el revuelo que algunos periodistas y la presidenta Caridad Iparraguirre estaba dándole al hecho. Allí, en aquella sala del Museo Arqueológico Regional, estaban todos los que querían hacerse la foto: la misma presidenta, el consejero Ignacio Fernández; la viceconsejera Anunciación Paz; el investigador más importante, experto entre los expertos, de la vida y la obra de Cervantes; y hasta el inmediato superior de Matarranz, Luis Rodríguez Salgueira, todos con cara de niños ilusionados poco antes de ver los juguetes dejados el día de Reyes.

Cuando por fin el conservador Fermín Basterra procedió a abrir la caja de plomo que estaba herméticamente cerrada escuchó un “¡oh!”colectivo. Efectivamente había varios documentos y objetos en su interior que, por lo que se veía, estaban en unas condiciones bastante aceptables. Basterra miró a la presidenta, que le hizo un gesto de asentimiento, por lo que procedió a sacar un pergamino enrollado que desplegó. “Es un discurso de María Cristina y está fechado en 1834”, dijo sin disimular su emoción. Tras depositarlo en la mesa extrajo un libro que procedió a abrir. Fue entonces cuando cayeron algunas de las páginas, desencuadernadas quizás por el paso del tiempo.

La reacción fue unánime y todos se agacharon a recoger estas preciadas hojas; todos menos Aquilino Matarranz que, desde la apertura de la caja, miraba obsesivamente a su interior, más concretamente a un pequeño cilindro de cristal, de no más de una cuarta de largo, que contenía un pliego enrollado y que estaba cerrado por una curiosa tapa en la que, medio borrosa, se podía ver una C.

No tenía ni idea de por qué ese objeto había llamado su atención ni por qué se imaginó que era un boleto de lotería ganador. Él no era así; nunca lo había sido, pero la visión del pequeño recipiente de cristal le había puesto muy nervioso. Por eso cuando todos se lanzaron al suelo a recoger las páginas caídas no lo dudó: introdujo su mano en la caja y atrapó el cilindro, que inmediatamente metió en su bolsillo.

No había hecho más que sacar la mano cuando su culpabilidad se disparó y se ruborizó. Por primera vez en su vida había robado algo. Y además lo había hecho en presencia de la presidenta, del consejero y hasta de su propio director. Notaba que le ardía la cara pero no había vuelta atrás. Lo que fuera que contuviera el embalaje de cristal ya estaba en su bolsillo y no podía sacarlo, salvo que estuviera dispuesto a ser expedientado y hasta encarcelado por robo.
Mientras, Basterra, ya había colocado las páginas caídas del libro, que dijo que podía ser una autobiografía del general Francisco Espoz y Mina, y procedía a depositar con mucho más cuidado el resto del contenido de la cápsula al tiempo que cantaba lo que era obvio: dos ejemplares de la ‘Gaceta de Madrid’ y uno del ‘Diario de Avisos’ de Madrid; un ejemplar del Estatuto Real; varias medallas y láminas; dos monedas,  una edición de ‘El Quijote’ de 1819 y un volumen sobre la vida de Cervantes.

Según destacó Martínez Salgueira, los objetos podían haber sido tratados con un insecticida, como proclamaba el fuerte olor que desprendía todo lo recuperado. Acabado el acto, los presentes, emocionados por asomarse a esta ventana del tiempo, prorrumpieron en un aplauso espontáneo. Cuando salían, Aquilino Materranz, con la excusa de que tenía trabajo atrasado, se despidió y se fue a su despacho. Ansiaba ver su contenido. No sabía Aquilino que, sujeta por una mano sudorosa, transportaba la pieza  más valiosa de una cápsula enterrada casi un siglo antes.



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