31 Agosto 2010

Epílogo

“Caramba con la cápsula del tiempo”, comentaba la presidenta Caridad Iparraguirre a su ‘número dos’, segundos antes de abrir oficialmente el acto. Ni ella misma podía creer todavía lo que había pasado: la mismísima tercera parte del Quijote, la que narraba la vida de Sancho Panza, había llegado al Área de Mantenimiento y Conservación del Patrimonio Histórico Artístico Regional a través de la policía. Los expertos de la Comunidad habían confirmado su autenticidad y, ahora, ella, como máxima representante del Gobierno regional, tenía la oportunidad de presentar al mundo el mayor hallazgo de la historia de la literatura. Sonrió para sus adentros al recordar la apertura pública de la cápsula del tiempo, en aquella sala de prensa donde no cabía ni un alfiler. Ahora, los medios locales, nacionales e internacionales se abrían un hueco a codazos en aquel patio atestado de la Universidad de Alcalá de Henares. Incluso la familia real y las más altas instituciones culturales habían querido estar presentes.

El ‘efecto llamada’ se había visto amplificado, además, por la exclusiva que Madridiario había adelantado hacía unos días: ese libro era la causa de las muertes de Aquilino Matarranz, del catedrático Luis Álvarez de Tejada, del reconocido experto Eugenio Calvo y de Lola Carrere, redactora de Madridiario. Todos habían sucumbido a manos de una sanguinaria ayudante de universidad, que según se apresuraron a aclarar sus vecinos y el resto de los ayudantes de la Facultad de Filología de la Complutense ante las cámaras de televisión que acudieron a su domicilio en cuanto el digital reveló la noticia, era “muy rara”. Incluso el jefe de Lola, Carlos Lustre, había escrito una columna de opinión en la que hacía conjeturas sobre la salud mental de la muchacha. Para ello se apoyaba en la “inexplicable” entrega del libro en comisaría, el mismo por el que había llegado a matar. “Estos hechos escalofriantes solo pueden ser obra de una persona perturbada”, concluía, para lamentar que la muerte de la joven impidiera arrojar un poco más de luz sobre el caso.

El acto comenzó con un emotivo recuerdo para las víctimas del caso. Después de las condolencias, los expertos fueron desgranando los detalles de aquella pieza literaria única ante la concurrencia. El manuscrito, que se hallaba en buen estado de conservación, sería expuesto en la sede de la Comunidad, primero, y después y de forma permanente en la Biblioteca Nacional. Un grupo de expertos se encargaría de la edición facsímil, que estaría en la calle más o menos en un año, y las editoriales ya se rifaban el honor de ser el primer sello que pusiera aquella joya en manos de los lectores. Desde el público, a Carlos Lustre, sentado junto al resto de los cargos de Madridiario que habían sido invitados, se le escapó una sonrisa. Él había sido la segunda persona que había tenido ese libro en sus manos…, la única persona viva, aparte de la policía y del personal de la Comunidad, que lo había tocado. Había estado a punto de poseerlo… pero se lo habían arrebatado.

Cuando los cámaras y fotógrafos se agolparon, una vez terminadas las intervenciones, para tomar imágenes del manuscrito, Lustre se levantó para dar el carpetazo informativo al asunto con su última noticia sobre el contenido de la cápsula del tiempo. Pero la historia no terminaría ahí; de ninguna manera. El Gobierno regional estaba a punto de legar una nueva cápsula del tiempo a la posteridad, y él se las arreglaría para introducir un documento que revelase que él, Carlos Lustre, era el verdadero héroe del caso. Sería el Promontorio del siglo XXI, aquel que contribuyó a conservar el legado del escritor más grande de todos los tiempos, el que estuvo a punto de sucumbir a manos de una asesina en serie por salvar el libro. Ya nunca sería rico, pero al menos así lograría hacerse un hueco en la historia. “Algo es algo”, se consoló.

  • ‘La cápsula del tiempo’ es una novela escrita por Laura Biela, David Canellada, Lucía de la Fuente, Celia G. Naranjo, Carmen M. Gutiérrez, Pedro Montoliú, Susana Pérez, Ana de Quinto, Eduardo Rivas y Enrique Villalba en agosto de 2010, bajo el seudónimo de ‘Casimiro Serrano’.

30 Agosto 2010

Capítulo XXI: El desenlace

El móvil de Mónica sonó y sonó hasta que saltó el contestador. No tenía fuerzas ni ganas de hablar con nadie. Se sentía agotada y triste. La imagen del cuerpo ensangrentado de Lola sobre la tumba de Ana de Villafranca no se le iba de la cabeza. Pobre Lola, pensó, mientras las lágrimas volvían a aflorar y se deslizaban sobre su rostro, aquel que acariciaba la joven periodista días antes de su muerte haciéndola sentir cosas que nunca antes había sentido…

Apagó el ordenador, en el que no paraban de cargarse informaciones sobre su busca y captura, y caminó hacia la habitación con una sola idea: dormir y no pensar en nada. Estaba en el apartamento de Fredy, el piso de un compañero de la facultad que le había dejado las llaves hacía un par de semanas para que le regara las plantas. Vivía apenas a tres manzanas de su casa y él permanecería todavía tres meses en la República Checa, en un intercambio de becas. Era un buen sitio para esconderse. Nadie la había visto llegar, tenía acceso libre, pero… tampoco podría permanecer allí de forma indefinida.

Ring, ring, ring…. El teléfono despertó a Mónica de un sueño en el que se hubiese quedado eternamente. Sobresaltada, se incorporó de la cama con palpitaciones y dificultades para respirar. Se había dormido profundamente, pero la cabeza le iba a estallar. Le dolía la nariz. Igual no estaba rota, pero necesitaría unas enormes gafas de sol para disimular el moratón y el derrame en ambos ojos, después del forcejeo con aquel malnacido.

Poco a poco se fue calmando. Una ducha con agua casi fría, analgésicos, una taza de café muy cargado y las ideas fueron apareciendo. La buscaban por asesinato. Su cara estaba en todas partes y el maldito libro había sido el desencadenante de todo. Necesitaba ayuda, pero ¿en quién podía confiar? Miró su teléfono móvil y descubrió nueve llamadas perdidas; la última fue la que la despertó. Escuchó los mensajes: su familia, una amiga de la que hacía tiempo no sabía nada, otra vez su familia, de nuevo su madre con voz asustada porque había visto a su hija en una foto en el telediario…

—No puede ser. Tengo que salir de aquí. Tengo que buscar ayuda —dijo, intentando convencerse para superar el miedo que la atenazaba.

Encontró un pañuelo en el armario de Fredy que le serviría para taparse un poco la cabeza y el rostro. Se puso sus gafas de sol, aunque no eran tan grandes como para ocultar el enorme hematoma de la cara y los ojos. Pero no había más. Se armó de valor y fue a buscar a Niki, al que había aparcado tres manzanas atrás para no levantar sospechas en caso de que la policía buscara el coche con el que llegaron al maldito cementerio, aquel maldito lugar que había cambiado su vida para siempre. Se metió en el coche, arrancó y se dirigió hacia el único lugar donde se le ocurrió que alguien podría escucharla antes de llamar a la policía, o al menos interesarse por lo que había sucedido en los últimos días: la redacción de Madridiario.

Necesitó dos vueltas a la manzana para que un coche saliera justo a escasos metros del portal del periódico digital. Mónica no quería andar por la calle por miedo a que la reconocieran. Aparcó, sacó las llaves del contacto y, cuando estaba calculando lo que tardaría en acceder al portal desde el coche, justo en ese momento, sus ojos se abrieron como platos. Aquella figura, aquel hombre que se hallaba a escasos treinta metros de ella, era el mismo malnacido que las abordó en el cementerio, que les quitó el dichoso libro y… —se le escapó una lágrima cuando lo pensó— que había asesinado a Lola a sangre fría.

Las piernas empezaron a temblarle. Todavía dentro del coche, con las llaves en la mano, intentó meterlas en el contacto cuando vio que el hombre de la gabardina y las gafas de sol de aviador se introducía en un coche estacionado en doble fila. Bajo el brazo llevaba un grueso paquete envuelto en un sobre marrón. Al final Mónica arrancó, consiguió sacar a Niki del estacionamiento en batería y, aún temblorosa, se colocó a una distancia prudencial para ver sin ser vista.

No fueron más de cinco minutos conduciendo por las calles de aquel barrio elegante de Madrid. Después, como siempre, todo se precipitó. El hombre de la gabardina había parado en doble fila el coche oscuro que conducía; se había bajado sin preocupación alguna, sujetando con fuerza el gran sobre marrón bajo el brazo. Mónica estaba a unos cien metros, en la acera opuesta y con el coche en marcha. Entonces aceleró.

El golpe sonó duro y seco a la vez. Ni siquiera hubo frenazo. Él había salido por los aires despedido a unos cincuenta metros del lugar donde se había agachado a recoger las llaves que se le habían caído. Fue entonces cuando el Citröen 2CV lo embistió violentamente. Mónica nunca supo el porqué de esa reacción. Simplemente pasó: él cruzaba, se agachó a por algo que se le había caído y entonces ella sintió la necesidad de acelerar a fondo el coche. Apenas le dio tiempo a levantar la vista, con las gafas de sol sobre la nariz y la cara más que magullada. Justo después vino el golpe, y el vuelo acrobático hasta la acera de enfrente. Entre medias, una calle, un coche muy abollado, con un faro destrozado… y un grueso sobre marrón sobre el asfalto.

Mónica bajó del coche. Ya no le temblaban las piernas. Todo estaba pasando muy deprisa. No sabía por qué, pero le había atropellado. En apenas un segundo miró el cuerpo retorcido a unos metros, a los tres curiosos y a las dos mujeres con las manos en la cabeza; le pareció ver incluso a alguien que sacaba un teléfono móvil del bolsillo para llamar. La reacción fue inmediata; se abalanzó hacia el sobre marrón que aún estaba junto a la acera, en el asfalto. Pesaba. Sabía lo que era. No podía ser otra cosa. Por si acaso, lo abrió, y descubrió una pequeña pistola pegada con adhesivo en el interior del sobre, accesible en cualquier emergencia. La despegó y se la guardó en la chaqueta.

Echó a correr en dirección opuesta a la escena anterior y fue entonces cuando se percató: estaba al lado de la comisaría. Dos agentes salían en ese momento corriendo al haber oído el estruendo y los gritos, lo que aprovechó Mónica para acceder al interior y acercarse hasta el primer mostrador, donde un agente la miró desconfiado.

—Guarde esto. Tiene mucho más valor del que se imagina. Ha muerto mucha gente por él.

Fueron las únicas palabras que acertó a pronunciar Mónica con una expresión casi inerte. El agente de policía, inquieto y aún más desconfiado, le pidió que se identificara de inmediato; pero ella dio media vuelta y salió precipitadamente hacia la puerta. La luz la cegó al alcanzar la calle; notó el aire fresco al doblar la esquina en dirección opuesta a donde había dejado el coche y a aquel hombre atropellado violentamente. No pudo evitar mirar fugazmente hacia la acera donde debía estar el tirado el cuerpo con gabardina, pero allí no vio a nadie. Sólo distinguió a la pareja de policías junto al coche, que aún tenía la puerta abierta.

Empezó a correr mientras oía los gritos de aquel policía tras el mostrador que le había pedido que se identificara. Entonces, los “¡Alto, policía!” se multiplicaron. Estaba rodeada. “Yo la conozco. Es la chica a la que buscan por el asesinato de Lola Carrere”, dijo un agente a otro. El cerco se fue estrechando. Mónica rebuscó en sus bolsillos, desoyendo las órdenes de los policías, y disparó sin saber muy bien a qué, una, dos veces. Sintió un golpe seco en el esternón y la oscuridad se cernió sobre ella antes de que tuviera tiempo de desalojar la tercera bala.

27 Agosto 2010

Capítulo XX: El último beso

El atronador sonido de los tres disparos provocó que Mónica recuperara la conciencia. Algo aturdida, entreabrió los ojos y vio, algo borroso, al pistolero huyendo a toda prisa. Se llevaba el libro. Tremendo hijo de puta, pensó, pero el dolor de cabeza ni siquiera le permitía levantarse.

—¿Lola? —preguntó en voz alta. Sentía que la periodista estaba bien agarrada a su mano—. ¡Lola! ¿Qué haces? —prosiguió—. No puedo levantarme, me duele muchísimo la cabeza.

Al no obtener respuesta, la ayudante trató de incorporarse por sí misma. Fue entonces cuando la vio. Con los ojos en blanco y la sangre corriéndole por el cuello, Lola yacía sobre la lápida de Ana de Villafranca. Estaba muerta.

Una puñalada de ira directa al corazón se apoderó de Mónica. No podía ser. La persona más inocente de toda la historia había muerto, de manera injusta. Y sobre todo, había muerto ella. La mujer que más sentimientos le había despertado en menos tiempo. Había muerto una persona buena. Y había muerto a manos de un desgraciado, fuera quien fuera. Se aferró a ella lo más fuerte que pudo y la besó en los labios.

—No, no, no, no, no… no, Lola, no, por favor, por favor, Lola… no… no me hagas esto, no me dejes sola… No, Lola, Lola, despierta, Lola… —repetía entre lágrimas. Su alma había quedado vacía y por un momento sintió que, entre tantos cadáveres, la más muerta del lugar era ella misma.

Unas sirenas de policía interrumpieron su desconsuelo. Por un instante, volvió a la realidad. Vio el teléfono móvil de Lola tirado en el suelo. Por lo visto, la última llamada de su amada había sido al 091, pero ¿por qué? No había tiempo para pensarlo. Su intuición se apresuró a revelarle que no era una buena idea esperar a la policía junto a un revólver y un cadáver. Tenía que huir.

—Recuperaré el libro, Lola. Por ti. Aunque sea lo último que haga. Puedes estar segura —sentenció Mónica mientras se secaba la cara.

Antes de marcharse se agachó, y besó a la mejor periodista con la que se había cruzado en la vida. Te quiero, pensó. Acto seguido se fue corriendo en sentido opuesto al estruendo policial. Pero volvió y rebuscó en los bolsillos de Lola. Necesitaba las llaves de Niki.

Cinco minutos después, unos doce agentes rodeaban en cuerpo sin vida de la joven.

—Parece evidente que la chica ha muerto a manos de su propia amiga, pero ¿por qué? —balbuceó el inspector jefe de la investigación mientras examinaba el terreno.

Minutos después, y tras un exhaustivo interrogatorio al empleado del cementerio, que aseguró no haber visto a nadie más que a las dos jóvenes, el inspector continuaba con la misma duda.

A la mañana siguiente Mónica, que gracias a Niki ya estaba a salvo, encendió el portátil para ver las noticias y leyó el siguiente titular: “Muere tiroteada Lola Carrere, redactora de Madridiario”, y un subtítulo que rezaba: “Se busca a Mónica F., ayudante en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense, como presunta autora del crimen”. Las lágrimas volvieron a sus ojos de nuevo. Respiró hondo y pensó: No hay tiempo que perder, hay que encontrar a ese cabrón y el libro cuanto antes.

Pero ¿cómo encontrar a ese tipo? Se había quedado con su cara, eso sí. Pero recorrerse Madrid buscando a un hombre canoso de unos 40 años parecía una misión imposible. Mientras pensaba una estrategia, sonó su móvil.

26 Agosto 2010

Capítulo XIX: Dar el paso

—Gracias por encontrar mi libro, amigas mías —dijo una voz grave con metálica melodía.

Lola y Mónica se dieron la vuelta temblorosas. La tensión que las había llenado de valor por la mañana y la sensación de triunfo al encontrar el libro les había descargado las pilas. La periodista abrazó el volumen con los dos brazos.

Ante ellas se encontraba un hombre alto de unos cuarenta años. Tenía el semblante adusto. Una nariz pronunciada sujetaba unas gafas de sol de aviador con las lentes verde oliva. Tenía la frente despejada y las cejas pronunciadas, creando un arco muy cerrado. Su pelo era frondoso, salpicado de canas y peinado sin complicaciones. La barba, bien recortada, suavizaba unas facciones duras y cuadradas. Sus labios, carnosos, escondían una sonrisa blanquísima y un diente de oro. Sobre el cuerpo, alto y atlético, vestía gabardina, chaqueta y pantalones de pana. Lola recordaba muy bien aquellos zapatos… los más brillantes que había visto en su vida.

Nunca se le había ocurrido pensar en él de aquella manera, pero si no hubiese sido por la situación, probablemente, ese hombre tenía aspecto de ser uno de esos profesores de facultad con los que no le hubiese importado tener algo más que palabras.

—Yo no soy tu amiga, idiota. ¿Qué demonios quieres? —respondió Mónica, exasperada.
—Ya te lo he dicho, pequeña Mónica. Quiero que me deis mi libro —dijo el individuo avanzando una mano enguantada hacia Lola. La miraba, por primera vez en mucho tiempo, con una media sonrisa y unos ojos amables.

El viento silbó y el sol, ya en retirada, se oscureció tras una nube inoportuna. Lola pensó que era su alma la que se adentraba entre las sombras.

—¿Qué haces aquí, si puede saberse? —preguntó mientras daba un paso atrás.
—Sabes que es mejor para ti que no te importe. Dame el libro.
—Nnnn… nnnn… nnnno —balbuceó la periodista.
—He sido muy comprensivo con vosotras durante todo este tiempo, pero ya ha terminado la hora de jugar a las periodistas intrépidas. Dame el libro. No puedes ni imaginar el valor que tiene. —Rebuscó en su gabardina y sacó una pistola con un tubo silenciador. Comenzó a llover.

Lola sintió que sus piernas no le sostenían. El estómago le dio un vuelco. Nunca había visto usar una pistola de verdad, y con el objetivo apuntando hacia ella.

—No.
—¡Dame el maldito libro! —gritó el hombre. Su semblante cambió hasta convertirse en una mueca bestial. Las mandíbulas se contrajeron y unas venas se le marcaron en el cuello y la frente.

Lola reculó de nuevo. Resbaló y cayó al suelo. El libro salió volando entre las lápidas un poco más allá. El hombre apuntó a la periodista. De repente, Mónica saltó sobre el individuo y comenzó a forcejear con él.

—¡Corre, Lola! ¡Corre! —dijo Mónica.

Lola se quedó petrificada. Tenía que elegir entre ayudar a la amiga que la había salvado en los peores momentos y acompañado en lo más arduo de su investigación, o recuperar el libro. Ese libro que había costado tantas vidas. Si hacía lo primero, quizás pudiesen salir de allí con vida. Si hacía lo segundo, todo su esfuerzo y el valor de Mónica servirían para algo: que ese hombre no se saliese con la suya. Tenía que elegir, y rápido.

Mónica hirió al hombre en el ojo con las uñas. La sangre comenzó a brotar. Este le golpeó con la culata de la pistola en la cara hasta tres veces. La universitaria sintió cómo su nariz se rompía y la vista se llenaba de nubes rojas. Cayó sin sentido sobre la lápida de la amada de Cervantes. Cuando el desconocido volvió la vista, Lola había desaparecido.

—Muy bien, zorra. ¿Quieres jugar? Pues jugaremos.

Comenzó a andar entre las lápidas, ansioso. Fila a fila contemplaba el escenario mohoso y gris del antiguo camposanto sin éxito. La oscuridad y la lluvia, que habían ganado intensidad, no le ayudaban. Lola tenía que estar allí, en algún resquicio.

—Lola… ¿Qué crees, que esto es una novela o una película? Soy el que gana. Soy alguien en cuyo camino has cometido el error de cruzarte. Me has hecho perder un montón de tiempo para disfrutar del tesoro más importante de la literatura. Tú no entiendes su importancia y la pasta que se puede sacar por él. Aquilino y Eugenio, incluso Luis Álvarez de Tejada, sabían su valor. Tú no. Tú sólo lo mides como la exclusiva de tu vida. Sólo como un éxito en tu trabajo. Sólo buscas la gloria y el respeto. Y para eso has dejado que muera tu amiga. No eres mucho mejor que yo.

A escasos metros se levantó una figura empapada. Lola, repleta de barro, agarraba algo rectangular bajo su camiseta. Comenzó a andar hacia el hombre, que la apuntaba con el cañón del arma.

—Yo no soy como tú. Yo no mataría por una exclusiva. —Las lágrimas se mezclaban con la lluvia que corría por su rostro.
—Sí que lo harías. Has amenazado de muerte a un hombre para conseguir ese libro.
—No le hice nada. Fue para conseguir el libro antes que tú.
—Terminé ese trabajo. Eugenio no era de fiar. La única diferencia entre tú y yo es que aún no has dado el paso para conseguir lo que quieres a cualquier precio. Pero estás camino de hacerlo.
—Te equivocas. Ya he dado ese paso —dijo Lola. De su camiseta sacó un trozo rectangular de piedra que estrelló contra la cara del sujeto.

El golpe proyectó al pistolero contra una lápida. De una tremenda herida brotaban chorros de sangre de su cara. Su grito se fundió con un relámpago y cayó al suelo inerte. Lola estaba inmóvil. Se le habían acabado los recursos. Sus músculos estaban doloridos por la tensión y su mente se había roto en mil pedazos tras la muerte de Mónica. Pensaba que así acabaría todo. Ella en la cárcel; el libro, a salvo; y el asesino, en la tumba. Soltó la piedra, cogió el libro y fue a ver el cuerpo de su pareja. Junto a él estaba su bolso. Buscó el móvil y llamó.

—¿Policía? He cometido un asesinato y quiero entregarme. Estoy en el viejo cementerio municipal de Alcalá de Henares.

Colgó y vio la cara destrozada de Mónica. Apenas veinte minutos antes la había contemplado en todo su esplendor. No lloró. No le quedaban lágrimas.

Algo sonó a su espalda. Cuando se giró vio a su enemigo apuntándole con el rostro desfigurado por el dolor y las heridas. El percutor de la pistola sonó hasta en tres ocasiones. Dos tiros le impactaron en el pecho y uno en el cuello. La vida se le fue apretando la mano de su amada.

25 Agosto 2010

Capítulo XVIII: Encuentro

La periodista comenzó a dar saltos de alegría por encima de las tumbas. Mónica se percató de lo que pasaba y se puso a dar saltos con ella, hasta que se dio cuenta de que iban a llamar la atención del enterrador, quien las había dejado solas en la parte más antigua del cementerio.

Se calmaron y, como acto reflejo, las dos empezaron a merodear por la tumba pensando por dónde empezar. La lápida de piedra gris estaba desgastada y la maleza se posaba por sus bordes. Aunque no medía más de un metro de largo, parecía muy pesada, por lo que decidieron escarbar por  los lados. Como toda herramienta tenían una escoba y un recogedor que estaban junto a unos nichos situados junto al muro que cercaba la ladera.

—Madre mía. No quiero ni pensar que nos podemos encontrar con cualquier cosa aquí —dijo Lola.
—Seguro que ya no quedan ni hue… ¡Ay, he tocado algo!
—¿Qué es? ¿qué es? —preguntaba Lola según dejaba de quitar tierra por dónde ella había empezado ayudada por el recogedor.
—Ayúdame. No sé.

Las manos de ambas comenzaron a quitar tierra con mucha prisa, pero también con extrema precaución. Si, finalmente, encontraban el libro que les había llevado hasta allí y había provocado la muerte de casi todos aquellos que sabían de su existencia, tenían que tener mucho cuidado para no dañarlo. Pero no. No era la tercera parte del Quijote, sino un poco de chatarra, en la que ya no quedaban pistas sobre su origen.

Cuando Lola volvía a su posición para seguir buscando, vio que el enterrador aparecía a lo lejos.

—Corre, corre, tápalo todo —espetó a Mónica.

Llenaron los huecos rápidamente, Lola se arrodilló encima del agujero que estaba haciendo su compañera y se puso a rezar en voz alta.

—¿Les queda mucho? —preguntó el hombre con cara de extrañeza—. Oscurecerá pronto, ¿comprenden? —razonó una vez comenzó a alejarse.

Lola y Mónica volvieron a la carga, con más ímpetu incluso que antes. Sacaban tierra de debajo de la lápida, probando suerte, hasta que volvieron a dar con otro objeto también metálico. Era una caja con restos de esmalte de colores. La periodista la cogió, le pasó el antebrazo para quitarle los restos de tierra y la abrió. No pudo evitar romper a llorar cuando vio un libro encuadernado en piel con las palabras ‘Vida del ingenioso escudero Sancho Panza’. Lo abrió con suma delicadeza y vio las gruesas hojas amarillentas de papel manuscrito. Mientras Mónica la miraba con una sonrisa de oreja a oreja, se puso de pie para aprovechar mejor la última luz de la tarde y admirar mejor lo que tenía en sus manos. Estaban totalmente absortas por el descubrimiento, cuando las manos de un hombre se posaron sobre el hombro derecho de Lola y el izquierdo de Mónica.

24 Agosto 2010

Capítulo XVII: El tesoro de Cervantes

Media hora más tarde de la impactante noticia, Lola y Mónica aún no podían creer lo que habían escuchado. Toda la decisión y coraje con la que habían amanecido dispuestas a resolver el embrollo en el que se habían metido se había desvanecido. Una vez en Alcalá, las dos mujeres tuvieron que sentarse a tomar una tila para calmar los nervios y pensar cuál sería su siguiente paso.

—No me puedo creer que esté muerto… —susurró Lola.
—Ni yo. Y pensar que hace apenas una hora estábamos con él…
—Pero ¿cómo? —Lola seguía inmersa en sus pensamientos, intentando razonar en voz alta sin comprender qué estaba ocurriendo a su alrededor.

Un largo silencio envolvió a ambas. Mónica tomó la iniciativa y se levantó de un salto.

—Tenemos que acabar con esto. Cada vez hay más muertes y tengo la sensación de que como no encontremos rápido ese dichoso libro las siguientes seremos nosotras.

Al escuchar las palabras de su amiga Lola salió de su ensimismamiento. Un miedo la había invadido por dentro con tanta fuerza como nunca le había sucedido, pero no podía quedarse quieta mirando y esperando su suerte.

—Tienes razón. En marcha. Al cementerio, ¿no?
—Sí — afirmó Mónica—. Eugenio Calvo dijo que la amante de Cervantes fue enterrada aquí, así que la mejor opción es ir al viejo cementerio municipal, donde están las tumbas antiguas. Los otros cementerios son demasiado modernos.

Ya eran las 16.00 cuando la pareja llegó al cementerio. Mónica sintió un escalofrío al pasar la puerta metálica que abría el camino de entrada al recinto. Intentando no pensar, siguió los pasos de su amiga acercándose tanto como pudo a ella, llegando incluso a hacer que tropezara. Lola la tomó de la mano y la acarició suavemente, para hacerla sentir un poco más segura.

—Lo más fácil será que intentemos acceder a los archivos del cementerio para localizar la tumba lo más rápido posible —apuntó Lola—. Eso si hay archivos de esa época y si la tumba sigue aquí, claro.
—Esta vez creo que estamos por buen camino. Si no, Eugenio Calvo seguiría vivo, ¿no crees?
—Sí, puede que tengas razón. ¡Mira! Ahí esta el archivo del cementerio. A ver si hay alguien.

Al entrar se encontraron con un hombre entrado en años y muy delgado. Su piel arrugada llamaba la atención al primer vistazo y su cara afilada hizo pensar a las chicas que la profesión a la que se dedicaba le venía al pelo.
El hombre se colocó las gafas al percatarse de la presencia de las dos mujeres. Lola se acercó al mostrador sin saber muy bien cómo abordar a aquel hombre para que les diera la información que necesitaban sin que las mandara al carajo.

—Buenas tardes.
—Buenas tardes —añadió el hombre con una voz suave.
—Verá, me llamo Verónica y estoy haciendo un trabajo de documentación sobre mi familia —improvisó Lola sin saber a dónde le iba a llevar su historia y pensando para sí que lo de inventarse personajes se estaba convirtiendo en algo demasiado frecuente últimamente—. Mi  árbol genealógico me ha llevado hasta aquí y necesito confirmar una fecha de defunción y encontrar la tumba de una de mis antepasadas. Me preguntaba si usted podría ayudarme a encontrar esos datos.

El hombre se la quedó mirando algo sorprendido, ya que no era habitual este tipo de visitas en el cementerio. Desde que había comenzado a trabajar allí hacía ya 40 años, los días pasaban sin más y las únicas visitas que recibía eran de familiares desconsolados que habían perdido a sus seres queridos… y las de los sepultureros. Tras pensar unos instantes, accedió a ayudar a la joven a encontrar a su antepasada.
Después de un par de horas buscando en los archivos, el listado de fallecidos llegó a su fin sin que apareciera rastro alguno de Ana de Villafranca. Los últimos documentos que encontraron databan de principios del siglo XVIII, un siglo después de la muerte de la mujer.

—Aquí ya no hay más documentos. Los archivos de años anteriores se perdieron en un incendio—aseguró el hombrecillo ante la decepción de las chicas—. Pero puedo indicarle la zona donde se encuentran las tumbas más antiguas para ver si su antepasada se encuentra entre ellas.
—Eso sería estupendo —contestó Mónica.

El hombre las acercó en un coche viejo hasta una pequeña ladera, donde les aseguró que estaban las tumbas más antiguas del cementerio. Allí, Lola y Mónica comenzaron a mirar una por una todas las lápidas.
Cuando ya empezaba a anochecer, las dos amigas habían perdido ya toda esperanza de encontrar lo que buscaban. Pese a que habían encontrado las tumbas que databan de la época de Ana Villafranca, la lápida de la mujer no estaba entre ellas. Mónica se sentó desolada en un bordillo. La desesperación empezaba a apoderarse de ella al verse de nuevo en un callejón sin salida. Lola se acercó a ella con intención de arroparla, cuando tropezó y cayó de bruces al suelo. Fue entonces cuando, al mirar al suelo, la joven esbozó la sonrisa más radiante de los últimos días, ante la mirada atónita de su compañera.

23 Agosto 2010

Capítulo XVI: ‘Imitation of life’

Mientras conducían hacia la ciudad complutense, las dos jóvenes hacían cábalas sobre dónde estaría el tesoro perdido. Tenían claro que debían buscar la tumba de Ana de Villafranca, la amante más secreta de Cervantes, la más amada, la más preciada entre todas las mujeres que pasaron por su vida. Pero ¿dónde estaría el libro?

—Espero que no lo metiera en el mismo ataúd en el que la enterró a ella. Si no, menudo trago —dijo Lola, medio en broma, medio en serio.

Mónica calló un momento.

—Pues… es una posibilidad —apuntó.

Ninguna de las dos se veía capaz de profanar una tumba, y mucho menos de abrir un ataúd enterrado hace tantos siglos. Su única esperanza radicaba en que la sepultura apuntara alguna pista sin necesidad de abrirla… pero ¿cómo reconocer esa señal, en caso de que existiera?

Lola encendió la radio para matar el silencio que se había cernido sobre ambas. Los acordes de Imitation of life, de REM, inundaron el coche. “Qué ironía. Eso es justo lo que siento que estoy viviendo”, pensó la periodista. Las señales horarias irrumpieron en mitad de la canción para dar paso al boletín de noticias. “Última hora: Un alumno ha encontrado un cadáver sin identificar en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid. Según la policía, el cuerpo presentaba signos de violencia y había recibido varios impactos de bala. La policía ha abierto una investigación para esclarecer los hechos”.

Poco faltó para que Niki se estrellara contra la mediana. Mónica tuvo el tiempo justo para reaccionar después de quedarse casi paralizada por lo que acababa de oír.

—No puede ser… ¡No puede ser!
—Calma, calma, calma —casi gritó Lola a su amiga—. Déjame hacer un par de llamadas.

Después de hablar con el gabinete de prensa de la policía y con su jefe, Lola confirmó que Eugenio Calvo acababa de ser brutalmente asesinado en el mismo sillón en el que mataron a Luis Álvarez de Tejada.

20 Agosto 2010

Capítulo XV: El amor, siempre el amor

Aparcaron el coche a escasos metros del portal de la casa de Mónica. El gran Niki se había portado de maravilla, como siempre. Es un ‘incombustible’, pensó Lola. Pero al llegar a casa estaban exhaustas tras los 200 kilómetros de vuelta, y tampoco se les había olvidado el tremendo enfado, la rabia y hasta la ira que les produjo el viaje inútil al que les había enviado Eugenio Calvo. “Nos ha dado una pista falsa; algo sabe de esta historia y nos quiere alejar”, habían comentado durante el viaje. “Mañana sin falta iremos a por él; tiene mucho que explicarnos”.

Abrir la puerta fue como una liberación. Después de todo lo ocurrido durante el día, entrar en casa de Mónica, en su territorio, las hacía sentirse de nuevo seguras y listas para la búsqueda. Eso sí, antes había que descansar. Mónica preguntó a Lola si quería comer algo. No habían parado durante el viaje y su estómago rugía. Pero Lola prefería meterse en la cama. Se acercó a Mónica, la besó fugazmente y sin mediar palabra se dirigió hacia la habitación con el único propósito de cerrar los ojos y olvidarse de todo hasta el día siguiente, aunque para eso solo faltaba ya un par de horas. Mónica picoteó algo de lo poco que quedaba en su nevera, un par de cervezas, un poco de queso y un estofado metido en una fiambrera que podía llevar ahí dos semanas. Mejor no abrirlo, pensó, si quiero seguir viva para resolver este lío, y cerró la nevera. Con paso lento y cansado, se dirigió a la habitación. Cuando llegó, Lola respiraba profundamente y ni siquiera se movió cuando la ayudante se metió con sigilo entre las sábanas para no despertarla. La abrazó y sus ojos se cerraron de inmediato.

Eugenio Calvo ni se imaginaba lo que se le venía encima. Nervioso por lo infructuoso de la búsqueda del día anterior y apremiado por la voz ronca, que cada vez le exigía más resultados, solo se le ocurrió un sitio donde seguir buscando alguna referencia al “bien más preciado de Cervantes”. Lo de la búsqueda del anillo, además, solo había sido una zancadilla más para la periodista y su amiga, porque ya estarían de vuelta de su viaje vallisoletano. El anillo nunca se encontró, nunca se entregó a nadie, a ninguna institución. El documento que les había mostrado había sido hábilmente manipulado para dar a entender lo que no era y, sobre todo, para dar a Eugenio tiempo suficiente en la búsqueda de ese “bien más preciado”. El edificio donde las había abordado y desde el que las había enviado a Valladolid estaba prácticamente en ruinas. Tardó poco en recorrer lo que estaba en pie y en revolverlo con avidez en busca de algún indicio de un anillo, de un mueble que guardara algo, de alguna pista que indicara que allí hubo algo de Cervantes… pero a los diez minutos se dio cuenta que era una estupidez. El edificio donde se había colado hacía casi 200 años el tal Promontorio nada tenía que ver con el actual. Este había sido casa ‘okupa’, había sufrido algún que otro incendio e incluso derrumbes parciales. Encontrar alguna referencia cervantina allí parecía más que imposible.

Se derrumbó. De repente lo de encontrar un antiguo anillo parecía más que una locura. Ahora debía dar nuevas explicaciones telefónicas a un tipo que no tenía escrúpulos, a un embrollo que se complicaba y que arrastraba ya dos muertos, y a una periodista y su amiga más que enfadadas que le pedirían —seguro— explicaciones. No había pistas, no había anillo, no había nada… Solo se le ocurría recurrir a un sitio al que se juró no volver: el despacho de su difunto amigo Luis Álvarez de Tejada.

Apenas se filtraron los primeros rayos de sol por la persiana del dormitorio, Lola abrió los ojos. Se encontraba cansada pero despierta. El sueño había sido reparador, pero el cerebro también había estado funcionando durante la noche. Seguía pensando en el anillo, en una historia increíble que se complicaba, en cómo habían desaparecido ya dos personas, en cómo había peligrado su vida… pero también se veía con fuerzas renovadas para seguir con la búsqueda, por ejemplo, en aquella casa donde las abordó Eugenio Calvo para engañarlas con el infructuoso viaje a Valladolid. A su lado, todavía dormida y con una cara angelical, aquella chica casi desconocida para ella, que le había hecho sentir cosas increíbles. Una mujer que le hacía sentirse bien, que le daba paz, que tenía algo especial y a la que no le importaba seguir abrazada muchas mañanas más, cuando despertara. Se levantó con cuidado y se fue directa a la ducha. Cinco minutos después apareció en el baño Mónica, abrió la mampara y no pidió permiso para meterse con ella en la ducha. Al fin y al cabo, esa era su casa.

Con el café en la mesa de la cocina volvieron los planes y el enfado por lo ocurrido el día anterior. Lola cogió su móvil y llamó hasta en tres ocasiones al teléfono del despacho del presidente del Centro Nacional de Estudios Cervantinos, el ínclito Eugenio Calvo. Nadie contestó, ni siquiera su secretaria. A la cuarta, desde centralita le indicaron que el señor Calvo llevaba tres días sin aparecer por el despacho, que su secretaria estaba de vacaciones y que nadie tenía noticias de él. Habría que buscarle por otro lado, o dejarlo para más adelante.

Mónica tomaba el café sólo y sin azúcar, lo que contrastaba con ese rostro angelical que dormía plácidamente apenas una hora antes. Después del último sorbo, miró por la ventana, se levantó y mientras dejaba la taza junto al resto de platos sucios, dijo:

—¿De verdad crees que podremos encontrar un anillo de plata en un edificio que seguro ha tenido un montón de inquilinos desde hace más de 200 años, que habrá sufrido reformas, o incluso incendios? ¿Y si nos estamos equivocando?
—Vale, bien. Pero te recuerdo que es lo único que tenemos. Hasta allí nos ha llevado Promontorio. Allí lo buscaba él.
—Sí, ya sé. Pero… si hubiese estado el anillo, ¿crees que después de 200 años seguirá allí?
—¿Y qué propones?
—Lo primero es que Eugenio Calvo nos dé explicaciones. Y mientras damos con él… podemos buscar algo más en el despacho de Luis, por mucho que me duela entrar allí de nuevo. Seguro que nos hemos dejado algo, salí corriendo con los libros y las biografías la última vez. Algo se nos ha escapado o hemos pasado por alto. No me apetecía nada estar allí, y además recuerda que me salté el precinto policial.

Mónica no dejaba de sorprender a Lola. Decidida, audaz, lista, con temperamento… Y tenía razón. Había que buscar algo más, porque lo del anillo parecía complicado. “Me termino el té y salimos para allá”, dijo Lola.

Eugenio Calvo estaba desesperado. No encontraba nada. Faltaban las biografías, los libros de referencia al Quijote y a Cervantes; no había donde buscar y, por supuesto, tampoco pistas. Había tenido que pedir la llave del despacho de Luis en la conserjería, una vez levantado el precinto policial, convenciendo a un conserje de avanzada edad y con muy pocas ganas de trabajar, de que tenía en ese despacho documentos importantes. Incluso tuvo que tirar de su cargo para convencer finalmente al funcionario. Pero allí no había ni siquiera un pequeño hilo del que tirar.

Se sentó en el sillón del que había sido su amigo. Se cubrió la cara y entonces fue consciente de que todo aquello se le había ido de las manos. No tenía forma alguna de parar la rueda que estaba en marcha y las consecuencias podían ser cada vez peores. Su amigo había muerto, algo con lo que él no contaba cuando este le llamó emocionado para contarle lo del papel manuscrito que le había enseñado aquella periodista. Él sólo tenía que decirle que el papel era falso y que se olvidara del asunto. Aquel manuscrito que decía: “… cerca de su bien más preciado hállase oculta la tercera parte por él escrita de…” Entonces a Eugenio, por primera vez en los últimos días, se le iluminó la cara. Cerca de su bien más preciado, cerca de su bien más preciado… “¿Y si para Cervantes su bien más preciado no era un objeto?”, dijo en voz alta. “¡Claro, no es el anillo! Se trata de…”

—¿De qué diablos se trata? —dijo una voz en un tono poco conciliador.

Eugenio, sobresaltado, miró la puerta del despacho que se había abierto sin que él se hubiera percatado y donde apenas podía distinguir dos figuras que la luz del ventanal aún no alcanzaba.

—He dicho que de qué se trata… termina la frase de una maldita vez, que bastante tiempo nos has hecho perder ya.

Reconoció la voz. Lola, la periodista, era la que hablaba. Detrás vio a la amiga, la ayudante de Luis. Y no parecían amistosas, precisamente. Lola se mostraba muy agresiva. Se acercó a la mesa, apoyó ambas manos en el escritorio y, mirando fijamente a Eugenio, dijo:

—Nos debes una explicación y… termina la frase, joder.
—No, no, no sé qué deciros. Estoy tan aturdido como vosotras.
—¡Y una mierda! —saltó Mónica—. Tú nos mandaste a Valladolid sabiendo que no encontraríamos nada.
—Eeeeso no es cierto. Yo solo quería quitaros de en medio porque esto se está complicando y puede resultar peligroso.
—¡Ya es peligroso! Han intentado matarme, estoy cansada de que nos tomen por estúpidas, que nos engañen, que nos manipulen, y que tú no digas la verdad.
—Además, Luis era tu amigo —añadió Mónica.

Eugenio balbuceaba, no acertaba con las palabras, estaba nervioso y además era consciente de que no podía seguir engañándolas.

—No, no, no os imagináis hasta dónde llega esto. Si realmente existe la tercera parte de ‘El Quijote’, muchos se echarán a temblar, y otros se frotan ya las manos por lo que podría suponer económicamente; es el mayor descubrimiento de la literatura y casi de la historia en los últimos siglos. Esto cambia la historia y, y, y, y vosotras en medio. Una periodista y una ayudante de universidad. No sabéis dónde estáis.

Fue entonces cuando Lola perdió los nervios, cuando aparecieron toda la rabia y la tensión que llevaba acumuladas dentro. Cogió el grueso cenicero de cristal que estaba sobre la mesa y con un rápido movimiento lo estampó contra el escritorio, justo delante del pecho del presidente del Centro Nacional de Estudios Cervantinos. Los mil añicos en los que estalló del golpe impactaron contra el cuerpo y la cara de Eugenio. Entonces Lola rodeó la mesa, cogió el abrecartas que estaba junto a unos sobres y lo colocó, amenazadora, sobre la garganta de un aterrorizado Eugenio Calvo.

Solo diez minutos después, Lola y Mónica estaban en el interior de Niki, todavía en el parking de la universidad. Lola temblaba y no era capaz de meter la llave en el contacto. Aún no entendía cómo había sido capaz de amenazar a aquel hombre con un estilete abrecartas. Fue Mónica quien, medio alucinada y medio maravillada por lo que había hecho su compañera, decidió quitarle las llaves de las manos, hacerla bajar del coche y obligarla a sentarse en el asiento del copiloto para arrancar ella el Clio y salir disparadas rumbo a Alcalá de Henares.

Eugenio Calvo se había derrumbado en el despacho. Lloró, tembló, pidió clemencia… y comenzó a explicarles todo lo que había estado pensando. Reconoció que a su juicio el papel manuscrito era más que verdadero, que lo del anillo no parecía una buena idea y que empezaba a pensar que el “bien más preciado” de Cervantes no era un objeto. Entonces Mónica empezó a comprender lo que se abría ante sus ojos. Recordó que muchos investigadores habían reflejado en sus trabajos lo del ‘verdadero amor de Cervantes’: una mujer, su amante, con la que había tenido descendencia. La misma descendencia que habían seguido para llegar hasta Promontorio, hasta aquella casa en la calle del León… pero una descendencia que se perdía en 1835. Tal vez había que buscar ahí, en ese amor, en lo más preciado para Cervantes, en el lugar donde se perdía todo…, ¿en el cementerio?

Fue Eugenio quien les dio la última clave antes de ponerse a llorar como un niño y derrumbarse definitivamente sobre el escritorio del despacho. Resultaba extraño para los investigadores el hecho de que casi todas las biografías de Cervantes recogieran que el escritor, durante los últimos años de su vida, visitó frecuentemente  la ciudad de Alcalá de Henares. Y que lo hizo de forma casi anónima en numerosas ocasiones. Era cierto que una de sus hermanas permanecía en un convento de clausura de la ciudad complutense; pero, por eso mismo, no le estaba permitido el contacto con el exterior ni los paseos con su hermano en aquellas visitas. Sin embargo algunos cronistas de la época hablaban de los paseos de Cervantes con una mujer por las calles alcalaínas.

Había algo más, o alguien más, que hacía que don Miguel de Cervantes, con cierta regularidad, acudiera a la ciudad donde nació y donde apenas pasó diez años de su infancia. Durante aquellos años, aparecía más apegado que nunca a esa ciudad, parecía que allí había algo —o alguien— muy apreciado por él.

Aún no habían salido del complejo universitario cuando sonó el teléfono de Lola. Era Carlos, el redactor jefe de Madridiario. Mónica casi podía escuchar las voces mientras conducía.

—Esto es muy gordo, Carlos, te lo juro. Sí, sí, estoy nerviosa. Ya sé que no tienes noticias mías, pero de veras, hazme caso, estamos cerca, muy cerca. Esto es muy serio. Voy camino de Alcalá de Henares otra vez. Acabamos de tener un encuentro más que interesante con Eugenio Calvo, el del Centro de Estudios Cervantinos. Creo que tenemos la pista definitiva. ¿Carlos, Carlos…? Joder… —se cortó—. Tengo que cambiar de móvil.
—¿Estás más tranquila? —preguntó Mónica.
—Sí. Creo que sí.
—Pues tienes que explicarme algunas cosas sobre esa forma de sacar información que tienes.
—Anda…, acelera con cuidado mi coche.

19 Agosto 2010

Capítulo XIV: Aventura en Valladolid

Aunque Eugenio Calvo no había demostrado ser precisamente un tipo de confianza, lo cierto es que la historia tenía sentido, así que, sin ninguna otra pista a la que aferrarse, las chicas decidieron partir rumbo a la ciudad castellana.

Como no tenían un minuto que perder, Lola sugirió coger su Clio azul. Mientras se dirigían a él, explicó a Mónica que el coche había sido de su padre y no alcanzaba ya más de 100 kilómetros por hora, pero nunca había dado un solo problema. Le contó que muchas veces había pensado en llevarlo al desguace y sacar algo de dinero por sus piezas, pero, a la hora de la verdad, nunca había podido. Normalmente le costaba desprenderse de sus recuerdos, pero en este caso era aún más difícil porque los que le traía el Clio eran demasiados. Los viajes a la playa de pequeña, su primera vez, las largas conversaciones en noches de verano mirando las estrellas con sus mejores amigos apoyados en el capó… no, definitivamente no podía. “Te voy a confesar un secreto: hasta tiene nombre. Se llama Niki”, dijo Lola. Mónica se echó a reír. Comprendió que para Lola era uno más de la familia y ahora estaba ante ‘el reportaje de su vida’. Niki no podía faltar.

Dejaron Madrid a las 17.00 horas. Tenían 200 kilómetros por delante y la adrenalina por las nubes. Durante el trayecto Mónica se sorprendió de la tranquilidad con la que Lola conducía. Su suavidad a la hora de cambiar las marchas le recordó a la que, sólo unas horas antes, había puesto en práctica con su propio cuerpo. Circularon en silencio durante más de una hora. Habían sido demasiadas las emociones vividas en los últimos días.

—¿Sabes qué? —dijo Lola, de repente—. Nunca he leído El Quijote.
—¡No! No me lo puedo creer. No, no, no. No es posible. ¿Y tú eres periodista? Madre mía, cómo está la profesión.
—Me encanta leer, y lo he empezado varias veces, pero nunca he sacado tiempo. En el colegio me obligaron a leer algunos capítulos pero odiaba a la maestra y decidí que nunca lo leería. Que no se entere mi redactor jefe, por favor.
—Ay, madre.

Tras un breve silencio, soltaron una carcajada simultánea. Era la primera vez que reían en varios días.

Llegaron al número 14 de la vallisoletana calle del Rastro, lugar donde había vivido Cervantes de 1604 a 1606, como a las 19.30. La casa había sido rehabilitada y transformada en museo hacía ya algunos años pero intentaba seguir manteniendo vivo el espíritu de un hidalgo español del XVII. Estaba cerrada.

—¡No puede ser! —exclamó la periodista.
—“Cerrado todos los lunes y festivos del año” —leyó Mónica en voz alta.
—¿Hoy qué día es? —preguntó Lola.
—Lunes.
—Qué típico… en fin, parece que la mala suerte nos acompaña. ¿Qué hacemos?

Justo en ese momento un hombre apareció con un manojo de llaves y abrió la puerta de la casa. Las chicas se miraron y, como si se hubieran leído la una a la otra el pensamiento, le abordaron sin pensar.
—Disculpe, ¿trabaja usted aquí? —inquirió Lola.
—Sí, ¿por? —respondió el desconocido.
—Bueno, mire… es un poco largo de explicar, pero el caso es que necesitamos entrar urgentemente a los almacenes del museo.
El desconocido miró a las chicas y pensó “vaya par de chifladas”. Aun así intentó ser lo más educado posible.

—Lo siento mucho, pero los lunes cerramos. Si es tan importante podéis venir mañana a las 9.00 horas, pero ya os digo que los almacenes están cerrados al público.
—¿Y qué es lo que hay en ellos? —preguntó Mónica.
—Pues, además de fondos documentales, hay un par de armarios, un arca y un escritorio perteneciente a uno de los hijos de Cervantes.
—¿Le suena haber visto un anillo con un águila y una pluma entrelazadas? —prosiguió la joven.
—No.
—Y, por favor, ¿no podría ser tan amable de dejarnos pasar a mirar?
—No, de verdad, señoritas. No puedo.
—¿Ni por 500 euros? —continuó Mónica, desafiante.

Lola, ‘mileurista’ desde que comenzó a trabajar, la miró desconcertada.

El desconocido dudó un instante. Qué bien le vendría ese dinero ahora que quedaba poco para coger vacaciones. En el fondo no le costaba nada abrirlas la puerta y, además, ¿quién se enteraría?

—¿Dónde está el dinero? —preguntó.
—Aquí mismo. —La ayudante sacó cinco billetes de cien euros del bolsillo de su pantalón vaquero.

Lola estaba cada vez más desconcertada, pero le encantaba que la primera mujer con la que intimaba en su vida no dejara de sorprenderla.

—Esto vas a tener que explicármelo —dijo en voz baja la periodista mientras cruzaban la puerta.

Pasaron más de dos horas revolviendo entre cajones, revisaron hasta el último rincón de la casa. Nada. No encontraron absolutamente nada. Ni una mísera pista.

—Me parece que Eugenio Calvo nos ha vuelto a liar –dijo Lola amargamente.
—Venga, no pasa nada. No te desanimes, lo vamos a encontrar. Que lo sepas. Aunque sea lo último que hagamos. —Mónica la miró y le dio el beso más dulce que nadie le había dado en su vida.

Las chicas cogieron a Niki y esa misma noche llegaron a Madrid.

18 Agosto 2010

Capítulo XIII. El loco

Hilos de humo ascendían, serpenteantes, desde los cigarrillos que fumaban Lola y Mónica. Aún desnudas, habían fundido sus cuerpos hasta quedar extenuadas. La primera experiencia lésbica de la periodista había sido sorprendente y deliciosa. Casi había olvidado qué la había conducido hasta allí, pero su actual compañera de fatigas se preocupó de sacarla de su ensueño.

—Hay que ponerse a trabajar. Los malos no hacen este tipo de descansos.

La periodista se sorprendió al ver que su aventura había pasado del calor al frío en apenas un minuto. No había llegado a incorporarse para buscar su ropa interior cuando su compañera ya rebuscaba entre los papeles de su mochila. Sacó un sobre con fotocopias. Tenían el aspecto de fichas antiguas escritas a mano con un estilo muy académico.

—¿Qué es esto? —dijo Lola, incrédula.

— Es toda la relación familiar que he podido encontrar entre Cervantes y Promontorio —respondió Mónica.

— ¿Y de dónde has sacado esto?

— Del Archivo Diocesano y de los registros de algunas iglesias del distrito de Centro. Decidí ir allí después de ver que los libros del profesor Álvarez de Tejada estaban documentados en los fondos de estos dos lugares. Eran lo único que podía considerarse un censo en condiciones en aquella época. Me ha costado reconstruir el vínculo entre ambos personajes. Ya sabes, la desamortización de Mendizábal, los incendios y la Guerra Civil hicieron estragos en los archivos de la Iglesia española. Hasta ahora, sé que Promontorio nació el 5 de abril de 1762 y fue bautizado en la iglesia de San Sebastián Mártir. Sus padres eran Regino y Tomasa, propietarios de una tienda de cordeles. Fue enterrado en 1835 en una fosa común del cementerio de La Almudena. He investigado por este método a sus ascendientes. Todavía quedan algunas lagunas, como si nuestro hombre es descendiente directo de los amores secretos de Cervantes. Aun así, podemos estar casi seguras de que Promontorio fue familiar del escritor del Quijote.

—Eso no resuelve el problema.

—No, pero nos abre un nuevo camino. Todos los descendientes de Cervantes que he encontrado vivieron en el centro de Madrid, lo que reduce mucho el círculo de búsqueda. Si se encargaban de preservar el secreto de su abuelo, no se separarían mucho del objeto en cuestión.

—O sí. De esta manera, podían desviar la atención de los curiosos.

—Es una posibilidad, pero tenemos que intentarlo. Tenemos que seguir buscando referencias directas. Alguien tiene que haber dejado algún fleco suelto.

—De acuerdo. No perdemos nada. Busca en la biblioteca central. Yo iré a la hemeroteca a ver qué encuentro. Si encuentras cualquier cosa, llámame.

Las dos mujeres se vistieron, desayunaron y salieron en taxi a sus respectivos destinos. Al llegar a la hemeroteca, Lola pidió un puesto para lectura de documentos microfilmados.

Comencemos por Promontorio, pensó.

La empleada municipal le trajo numerosas referencias de gacetas y periódicos españoles de principios del siglo XIX. Los problemas entre los liberales y el rey Fernando VII no ponían la cosa fácil. Los periódicos eran pasquines de uno u otro bando. Los rollos de cinta negra, barnizada y brillante se sucedían uno tras otro. Hasta que… ¡bingo! En un obituario, un tal Promontorio, residente en la calle de las Huertas, había muerto y lo habían enterrado, viudo y sin descendientes, en el lugar y fecha que decían los archivos eclesiásticos. Desde ese punto, Lola se planteó reconstruir la historia hacia atrás, como había hecho Mónica. ¡Bingo otra vez! Unos meses antes, una noticia narraba el gran escándalo ocurrido en una vivienda ruinosa junto a la calle del León. Un anciano conocido como Promontorio se había colado en el inmueble, buscando, según decía, un anillo de plata que pertenecía a su familia desde hace 200 años. Los propietarios llamaron a la guardia, que lo detuvo por intento de robo. Parece ser que el sujeto era un trastornado conocido en el barrio que decía ser descendiente de Miguel de Cervantes. Según los vecinos, lo único que tenía del escritor alcalaíno es que había perdido la chaveta, igual que su personaje más famoso.

Lola buscó la calle del León en Internet. Resultaba que hacía esquina con la calle de Cervantes. De hecho, el origen de su nombre era que don Miguel residió y murió en el número 2 de la misma. Lola se puso la chaqueta mientras activaba el teléfono móvil y marcaba el número de Mónica. Tenía una pista.

— Mónica, creo que lo tengo. Cervantes murió en Madrid en una casa de la calle que lleva su nombre. Promontorio se coló allí para buscar un anillo familiar que era de Cervantes. Creo que ese era el objeto más preciado del escritor.

— Nos vemos allí. Creo que yo también he encontrado algo. Te lo contaré cuando nos veamos —respondió Mónica.

Cuando volvieron encontrarse, se dieron un beso furtivo en la puerta de la casa. En ese momento, paró un taxi ante ellas. Eugenio Calvo, el investigador que había intentado convencer a Lola de que el supuesto mensaje de Cervantes era una tontería, bajó del coche con una cartera bajo el brazo.

—Suponía que me encontraría aquí con vosotras.

—¿Qué hace usted aquí? ¿Nos está siguiendo? —preguntó Lola, nerviosa.

— Sí. Os habéis metido en un bucle peligroso y quiero ayudaros a salir de él.

— ¿Y cómo lo va a hacer? ¿Apuntándose el tanto de nuestra investigación? ¿Mandándonos otro esbirro como el que acabó con Luis, el catedrático? ¿O directamente nos va a disparar aquí, delante de todo el mundo?

— Yo no quería que Luis muriese. Era mi amigo. Es verdad que quiero ver el manuscrito, pero no fui yo el que ordenó que le matasen. Ni a Aquilino tampoco. Estoy metido en un juego del que no puedo salir. No quiero que os pase nada malo. De verdad.

— ¿Por qué tenemos que creerle? —preguntó Lola, repuesta del susto.

— Porque soy el único que os puede dar la clave para llegar a la tercera parte del Quijote.

— Se equivoca. Ya sabemos dónde está el libro.

— Si estáis aquí es que no lo sabéis. Esta no es la casa de Cervantes, aunque estuvo en este mismo lugar. Fue derribada después de un conflicto entre su último propietario, un tal Ruano, con Mesonero Romanos, que quería recuperar el edificio de la ruina para hacer un centro literario. A pesar de que hasta el rey medió en el conflicto, la casa se tiró abajo. Y el anillo con el que lacraba sus cartas Cervantes no está aquí, sino en el almacén de la casa del escritor de Valladolid. Este es el inventario que lo prueba.

Eugenio sacó de su cartera un informe que explicaba la recepción del anillo por parte de la entidad de la ciudad hispalense. Unas fotografías mostraban su aspecto: un águila y una pluma se entrelazaban rodeadas por una corona de letras que rezaba: ‘Cervantes Saavedra’.

— Sabéis que aquí no tenéis nada que hacer. Si la copia estaba aquí, o quedó sepultada y destrozada en las obras de construcción de la nueva vivienda, o bien se la hubiesen llevado y estaría archivada, como el anillo. Probablemente encontréis en Valladolid la respuesta a vuestras preguntas.

— ¿Y por qué no va usted?

— Porque no quiero que un asesino consiga el manuscrito. Tenéis que ser más rápidas que él. Yo le despistaré.

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